Señuelos artificiales. Primera parte

Texto y fotos: Javier García-Egocheaga javier@granpesca.com

Sobre los señuelos se ha escrito mucho, pero nunca es suficiente.

Los peces predadores tienen algunos sentidos muy desarrollados. La vista suele ser uno de ellos, aunque no necesariamente (el tiburón es más bien algo cegato, por ejemplo). Lo que sí tienen siempre muy fino es un sentido que a nosotros nos es ajeno y consiste en lo que se conoce por línea lateral, un órgano sensitivo que detecta las vibraciones en su medio, esto es, en el agua.

También el sentido del gusto suele estar muy desarrollado, (además, el agua transmite mejor los sabores y las vibraciones que el aire). Para entender este sentido debemos saber que el olfato –tal como lo conocemos- parece ajeno a los peces, pero el gusto es de hecho el equivalente a nuestro sentido del olfato y opera como tal. Esto es así porque los olores se transmiten en el aire, mientras que el agua (un medio 800 veces más denso) lo que transporta es en realidad partículas gustativas que el pez detectará con precisión perruna a modo de olores terrestres.

Por tanto, cuando hablemos de su sentido del gusto no pensemos en nuestro paladar, sino en nuestra pituitaria. Sin embargo, este sentido, digamos del gusto-olfativo no ayudará a que los peces se lancen sobre nuestros señuelos, sino todo lo contrario. Por tanto, el secreto de la atracción de los artificiales debe estribar en la vista y en la línea lateral.

Teniendo todo esto en cuenta y tomando muchas referencias y ejemplos en distintas especies, y actuando asimismo en condiciones variadas, llegamos a la conclusión que cada especie o cada individuo en cada circunstancia, ataca guiado por sentidos distintos y quizás, por razones diferentes.

Nos parece lógico que una lubina, pez que ve muy bien, se lance contra un pez artificial en medio de la espuma y rechace a ese mismo pez si lo encuentra en aguas quietas y cristalinas, o una trucha que es engañada por una cucharilla en un río crecido y turbio, la rechace en una poza transparente.

Entonces podríamos decir: “Claro, ha descubierto el engaño y no pica.”

Hasta aquí todos de acuerdo. Pero no es tan sencillo. También hemos observado a predadores lanzarse sobre los señuelos más aparatosos, artificiales e inverosímiles en la naturaleza, en condiciones de aguas quietas, con una visibilidad total, aunque esto es menos común que lo anterior.

O a alevines de especies predadoras atacar a señuelos casi tan grandes como ellos, que, por su tamaño, nunca constituirían sus presas naturales.

Diferentes tipos de anguilón fabricados en vinilo. Por último, tampoco es extraño contemplar cómo un predador, “juega” con el artificial, y le da con el morro o con las aletas y, en ocasiones, acaba siendo clavado –lo que se conoce por “robar” el pez-.

Por tanto, esto nos lleva a suponer que los predadores atacan a los artificiales por varias y distintas razones: Por entretenimiento, por su necesidad de alimentarse y quizás también, por defender su territorio de caza frente a posibles intrusos.

Por supuesto que la opción más frecuente será la que hace referencia a su alimentación, pero, en todo caso, no la única.

Se me ocurre citar el ejemplo del salmón, depredador como todo buen salmónido, que, cuando se halla remontando el río para desovar, pica por instinto, no por necesidad de alimentarse (pues en esta fase de su vida abandona la nutrición), aunque también conviene señalar que lo hace tanto a cebos naturales como a artificiales.

Esto nos plantea otra pregunta que nos hacemos constantemente todos los aficionados al spinning: ¿Qué señuelos son efectivos?

Todos. Sin duda. Todo lo que se desplaza por el agua de menor tamaño que el predador, es objeto de su interés.

Casi todos los pescadores hemos tenido ocasión de contemplar alguna vez, cómo, cuando recogíamos nuestro aparejo, era perseguido el plomo por una lubina o una aguja, o cómo una pluma o una hojita caída sobre un remanso, que se movía empujada por el viento cortando la superficie, era objeto del ataque de una trucha u otro predador.

Algunos modelos para la pesca en mar proviene de la pesca en aguas continentales. Entonces, si todos los señuelos son eficaces, ¿por qué razón no pescamos tan pronto como una de nuestras cucharillas o peces artificiales, de bonito y conseguido diseño, atraviesan las aguas?

La respuesta es fácil y difícil al mismo tiempo. Lo fácil, y sin duda, acertado también, sería decir que eso concierne a los peces, que picarán o no a nuestro señuelo por las razones que sean, pero, que, en cualquier caso, sobre esto no tenemos ningún control. Esta respuesta sería sensata, pero no nos aclara nada, y además yo soy de los que están convencidos de que se pueden buscar las razones –digamos ocultas-, que poseen los peces para picar o no a un señuelo determinado en unas condiciones determinadas.

En otras palabras, hablar de apetencias es impropio cuando nos referimos a los peces, puesto que, como animales que son, se rigen por un código intrincado y complejo marcado por su instinto o, si lo prefieren y para darle la razón a Richard Dawkins [1], por los imperativos que imponen sus genes.

Así, un pez atacará a un señuelo cuando éste desate en él una reacción natural que le mueva a hacerlo, y, en consecuencia, la función primordial del señuelo será, por un lado, propiciar el ataque y, por otro, burlar los mecanismos del pez, que hacen que ataque a determinadas presas y rechace otras. Damos por supuesto el de la alimentación como estímulo más probable en la mayoría de las ocasiones, aunque esto no quiera decir que rechacemos otros a priori. En todo caso, cuanto más sepamos sobre sus preferencias alimenticias y en qué contesto se sitúan éstas, más posibilidades tendremos de darle gato por liebre, adecuando nuestros artificiales para que reproduzcan con fidelidad todo aquello que estimula al pez y provoca su ataque.

[1] R. Dawkins es profesor de etología y autor del “ Gen egoísta”, un tratado sobre la respuesta genética a determinados estímulos, que proporciona muchas claves interesantes sobre el comportamiento animal.