Salmonetes de noche: una pesca sencilla y sabrosa

Por Juan Laka Fotografías y texto. lubinaman@yahoo.es

El salmonete constituye una presa habitual de los aficionados que practican la pesca al lanzado. Sin embargo, pocos son los que se dedican específicamente a este pez, y su captura, por lo tanto, suele obedecer a la casualidad.

Esto no quita para que el aficionado que desee pescar salmonetes, pueda hacerlo con ciertas garantías de éxito si elige los lugares, el cebo y los aparejos apropiados.

El salmonete se alimenta de forma ininterrumpida tanto de día como de noche, pero dado que el cebo que le presentaremos es blando y apetecido por casi todos los pequeños peces que pueblan estas aguas, optaremos por intentar su pesca en periodos nocturnos. ¿Por qué? Pues porque con la oscuridad muchos de estos pequeños peces –por ejemplo todos los lábridos- se retiran a sus escondites hasta el amanecer, con lo que no atacarán al cebo que va destinado al salmonete. Esto no impide que otros pezqueñines continúen activos –como los espáridos- pero, al menos, descartaremos un buen número de ellos.

Lo cierto es que pescar salmonetes no es difícil, pero sí puede serlo su localización. En otras palabras: es una especie que no presenta problemas para su captura, una vez que hemos dado con la zona donde habita. Entonces su pesca puede ser coser y cantar, pues nuestro pez se comporta como un rastreador meticuloso, y no dejará ni un cm² por registrar hasta dar con el cebo. Prueba de esta búsqueda incesante del alimento hozando por el lecho marino, son los manchones negros que observamos a veces en el fondo y que constituyen una buena señal para asegurarnos su presencia.

Cosas de familia

Existen dos tipos de salmonetes en nuestras costas: el de roca (Mullus surmuletus) y el de fango (Mullus barbatus). Ambas especies se asemejan tanto en su comportamiento, como en su morfología. La diferencia más apreciable estriba en la coloración, que, en el caso del de fango, es gris con reflejos metálicos plateados o casi negros, mientras que el de roca exhibe vivos colores rojos, naranjas, amarillos o fucsias. También podemos diferenciarlos por la forma del morro, mucho menos achatada en el de roca.

En lo gastronómico, las similitudes no son tantas, pues su pariente de fango presenta un marcado sabor a barro, a balsa, que recuerda al de algunos ciprínidos que habitan pantanos, remansos y otras aguas de escasa corriente.

Además, el salmonete de fango frecuenta mayores profundidades, por lo que no es habitual su captura por parte de los aficionados. En cambio, el de roca, que se aproxima durante la primavera a la costa para permanecer allí todo el verano, resulta un pez atrevido, que gusta de merodear por todos los lechos ‘blandos’ -ya sean de arena, de fango o mixtos- incluso con muy poca profundidad.

Este comportamiento lo pone a tiro de las cañas de lanzado y propicia que podamos ofrecerle nuestro cebo con bastantes garantías de que lo encontrará, si otro pez no da antes con él, como pasa a menudo. Y es que, muchas veces, el salmonete viaja acompañado de pequeños sargos que pululan a su alrededor y aprovechan el alimento que el salmonete desentierra o descubre. Me explico. El salmonete rastrea parsimonioso el fondo con sus barbillones y hoza en el lecho buscando animalillos o partículas comestibles. Los sargos de escasa envergadura siguen su andadura, a pocos centímetros por encima, y se lanzan como misiles sobre el alimento que acaba de descubrir.

Dado lo frecuentes que resultan estas disputas alimenticias con los pequeños sargos, las primeras picadas que detecte la puntera de nuestra caña pueden corresponder a los ataques de los minúsculos espáridos, o bien a la primera y tímida cata del salmonete, que después se convertirá en una decidida picada.

Este dato es importante, ya que, si lo dejamos comer, nos aseguramos que el anzuelo quedará sólidamente instalado en lo más profundo de su boca. Ahora bien, si tratamos de clavarlo en los primeros instantes –durante el corto periodo de ‘cata’ al que antes me refería- conviene no tirar con fuerza, so riesgo de arrebatarle el bocado o de romperle su ya de por sí endeble boca. En cualquier caso, es preferible no apresurarse, pues, una vez que haya probado nuestro cebo, si éste es de su gusto, se lo tragará sin mayores contemplaciones y lo tendremos preso.

El material

El aparejo que vamos a utilizar es realmente sencillo. Basta con que cumpla su función, que no es otra que la de mantener el cebo tendido en el fondo, el único sitio donde lo buscará nuestro pez.

Yo me suelo decantar por el empleo de un plomo tipo oliva corredizo, con un quitavueltas que marcará el tope. Al quitavueltas, amarrado a la línea madre, fijaremos una bajo de sedal de menos del 0.20, y aquí empataremos un anzuelo de tamaño mediano y poco robusto.

Recuérdese que el salmonete nunca alcanza un gran tamaño y una pieza que supere 1 kg. peso es algo excepcional. Además, ya señalamos que su boca no es fuerte, aunque sí relativamente grande comparada con su tamaño, por lo que la elección del anzuelo no planteará problemas. En realidad, casi cualquiera le va bien.

El bajo de línea tampoco debe ser muy largo y con algo menos de una braza será más que suficiente. El salmonete no es un pez muy exigente en este sentido, y un bajo tirando a corto evitará enredos, en caso de pescar en aguas poco profundas o con la mar revuelta.

Así que, con un aparejo muy simple (plomo, quitavueltas, anzuelo) nos arreglaremos bien, sin que debamos utilizar materiales caros o sofisticados.

La caña que usaremos puede ser una de las más corrientes que existen en el mercado. El único requisito que debe cumplir es que la puntera sea lo suficientemente sensible para detectar la picada. Con eso basta. Ah, y se me olvidaba: si quieren disfrutar esta pesca, procuren que el material empleado sea lo más ligero posible.

Aunque la defensa de este pez no sea para lanzar cohetes, resulta digna durante los primeros compases de la lucha, lo que se traduce en violentos tirones. Es el justo premio para el pescador que ha adecuado el material a las dimensiones de su presa y puede apreciar la batalla del salmonete en lo que vale.

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Los cebos

En este apartado es quizás donde nuestro pez se muestra más riguroso. Aquí no vale cualquier cosa. Sólo acepta cebos blandos provenientes de invertebrados y no todos.

Un aparejo cebado con trozos de pescado (sardina, anchoa, etc.)o de cefalópodos (calamar, sepia…) u otras carnadas que se suponen poco menos que universales para la pesca en la mar, será rechazado.

Lo mejor consiste en emplear anélidos de casi cualquier tipo, tanto da que sea gusana de rosca, de arena o serrín, americana, coreana, gusano rojo, etc. Todos los gusanos marinos le encantan, por lo que será el mejor cebo que podemos ofrecerle.

En este caso, aconsejamos ser generosos en la cantidad que ponemos en el anzuelo y, si el tamaño lo permite, encarnar la gusana entera. Existen varias razones para proceder así: la primera, como ya vimos, porque es frecuente que otros pececillos acompañen al salmonete y se lleven, antes que él, una porción del alimento. La segunda, porque una buena gusana entera y viva le resultará más fácil de localizar. Y la tercera y no menos importante, porque el salmonete traga buenos bocados si se le presenta la ocasión, por lo que no arrancará un pedazo y se marchará, sino que devorará toda la carnada y con ella, el anzuelo.

También podemos cebar con mejillón, con navaja o con otros bivalvos, pero lo más sencillo y recomendable es emplear anélidos, con los que siempre acertaremos.

Una última cosa antes de despedirme: cuando atrapemos un salmonete, tras desanzuelarlo, debemos escamarlo para que aparezca ese color rojo vivo en todo su esplendor.

Esta tarea es sencilla cuando todavía está vivo, pues sus escamas son grandes y se desprenden con facilidad pasando la uña del dedo pulgar a contra pelo –contra escama, vamos-.

De esta manera, la parte escamada se tornará de un rojo intenso, que hará de nuestras capturas bellísimos trofeos.