Pescando entre las olas. Segunda parte

Texto y fotos: Javier García-Egocheaga javier@granpesca.com

Si pescamos a flotador, sólo si el oleaje y, por consiguiente, la espuma es abundante, podremos dar más calado a nuestro aparejo, pues el cebo bailará igualmente a unos cuantos metros por debajo de la superficie.

Es tan importante que el cebo se mueva de forma natural para que el pez no detecte nada raro, como que no vea el sedal, ni a un señor con la caña en la mano cuya silueta se recorta contra la superficie. Piense que un cebo suspendido a media agua debería moverse o hundirse y, sin embargo, si se mantiene misteriosamente levitando es que algo no cuadra.

Todo esto escamará al pez, por supuesto en el sentido figurado, pues éste nunca acabará en nuestra cocina.

Una vez más, esta pesca nos aconseja obrar con la máxima prudencia. El aparejo debe ser lo más ligero posible. Debemos lanzar con cuidado unos metros más allá de donde queremos pescar y, a poder ser –en el momento de lanzar- aprovechando el golpe de la ola que distrae los sentidos del pez, para luego traer el aparejo con suavidad hasta donde queremos que pesque. El corcho será pequeño y poco visible, y aprovecharemos para ocultarlo las aguas turbias o engordadas por la espuma.

Muchas veces pescaremos a pez visto y el pescador debe extremar entonces sus precauciones. Si nosotros podemos ver a los peces, ellos también pueden vernos a nosotros, quizás no con la misma nitidez, pero con la suficiente claridad como para dar un coletazo y desaparecer.

Para pescar “a pez visto” recorreremos la escollera asomándonos discretamente donde pensemos que pueden estar los peces. Las lubinas nadan lentamente entre dos aguas -recordemos que aunque su ataque sea muy rápido, su velocidad de crucero es relativamente baja- y a menudo, suelen encontrarse entre las lisas o mújoles, peces de talla similar y de hechuras aún más similares, aunque podemos distinguirlas por la cabeza y los opérculos, claramente diferentes.

Cuando están cazando, las lubinas trazan movimientos circulares nerviosos, quiebros y giros violentísimos, y es posible encontrarnos también con un banco de pequeños peces que nada aterrorizado en todas direcciones para confundir el ataque del depredador.

En ese caso, podemos utilizar un pez artificial o una anguila de vinilo y tratar de lanzarla varios metros por delante de donde se está desarrollando la cacería, para traer el cebo nadando cerca de la lubina.

En el caso de los espáridos, sobre todo los sargos, si percibimos su sombra nadando bajo la superficie, lo más normal es que no se estén alimentando, sino, simplemente, desplazando, con lo que tentarlos con nuestro aparejo puede resultar inútil.

Si, por el contrario, observamos el reflejo de su dorso -lo que se conoce como platear-, entonces sí se están alimentando, pues están buscando el alimento (crustáceos y moluscos) que se encuentra junto o pegado a las rocas.

En ese caso, encarnaremos el anzuelo con el cebo que estimemos más común a la zona en la que se están alimentando, y largaremos nuestro aparejo un poco por delante, con la esperanza de que se lo encuentren tan pronto como pasen por allí.

Pescando “a pez visto”, un error muy habitual consiste en lanzar justo encima de donde se ha visto el pez y, más todavía, hacerlo sin extrema delicadeza. Esto sólo servirá para asustar a la pesca y “embalarla”, que quiere decir, que se junten todos los individuos una vez detectado el peligro y desaparezcan de la zona a toda prisa.