Pesca como quieras

Texto y fotos: Javier García-Egocheaga

La satisfacción en la pesca raramente se encuentra capturando más o mayores ejemplares, sino haciéndolo como tú quieras hacerlo. No se trata de pescar más, sino de pescar un pez determinado y de una forma determinada. En eso se basa la moderna pesca deportiva.

Siendo yo niño, un señor de Vitoria que tenía embarcación me invitaba a salir a la mar para pescar a cacea. Largábamos por popa unos aparejos con línea del 0.80, plomo y cucharilla ondulante de color plateado. Manteníamos el aparejo en la mano hasta que, tras una inconfundible picada, cobrábamos tan rápido como podíamos y echábamos a bordo nuestra presa. En el noventa por ciento de las ocasiones, se trataba de un chicharro, pieza que superaba el ½ kg. y que luego comíamos al horno, o usábamos de carnada en otras pescas.

La primera vez que fui, la experiencia me maravilló. Eso era mucho mejor que pescar desde el muelle o desde mi piragua amarrado a una boya en medio de la bahía. Pero cuando salí media docena de veces, tras muchos chicharros y mucho largar y cobrar sedal, aquella forma de pesca comenzó a hastiarme. Era productiva, sin duda.

No había vez que no llenásemos unos buenos baldes de chicharros, pero no tenía ninguna emoción la empresa. Sabías de antemano lo que ibas a coger y cómo, no había nada creativo ni diferente en cada ocasión, como se dice habitualmente, aquello era “sota, caballo y rey”. Así pues, un par de días decliné la invitación a salir a la mar y el señor de Vitoria no volvió a llamarme para pescar en su embarcación.

Pues bien, hace un par de meses, este verano, salí por la noche a mojar mis artificiales. Llevaba una caña de un tramo de 2.40 m. de largo; un carrete Team Daiwa 4000 y una buena colección de muestras japonesas, con las que insidiar a todo lo que se moviese por la costa a tiro de caña.

Había calma total, la mar bella y el cielo estrellado. Estuve lanzando y cambiando de señuelo varias horas sin ningún resultado. Ya tenía los pies machacados de tanto caminar, y el brazo, pese a la ligereza del conjunto comenzaba a dolerme.

En mi andadura costera había llegado al puerto. Estaba precioso, todo iluminado y silencioso. Sólo los profesionales más madrugadores comenzaban a preparar sus aparejos. Y en estas me encontré con un conocido que llevaba un cubo de patalines –cangrejos nadadores- y se dirigía a su bote.

Conversamos unos minutos, le mostré mis artificiales y la caña que, a un profano en la materia le parece de juguete, y le confesé que no había tocado una lubina en toda la noche. Entonces, sacó una bolsa y metió un puñado de patalines. Toma –me dijo-, para que encarnes.

Ante su incomprensión, rechacé el regalo y le dije que prefería seguir probando “con lo mío”. Bueno, -contestó-, tú mismo.

Total, que me puse en la bocana de la dársena, aprovechando el último rato antes de que las embarcaciones comenzasen a surcar esas aguas y me obligaran a irme. La escasa profundidad y la iluminación de las farolas del puerto, permitían escrutar bajo la superficie la silueta de los peces.

Lanzaba y recogía como había hecho el resto de la noche, mientras era observado de refilón por el hombre de los cangrejos, que repasaba su palangre lubinero antes de salir de puerto.

Sabía que me quedaban sólo unos minutos, así que realicé el último cambio: reemplacé un Flash Minnow de 11 cm. por otro artificial menor que llevaba varias jornadas chupando banquillo. Puse un Angel Kiss de 9 cm. y subí la puntera de la caña para hacerlo nadar casi en superficie. Lo traje así un par de veces, hasta que una sombra surgida del fondo, se lanzó sobre él con furia.

Era un chicharro. Un buen ejemplar de algo más de 1 kg. de peso. Y lo pasé como un enano. Hasta le abrí el freno para permitirle sacar hilo y lo trabajé sin prisa, gozándolo. En aquel momento no lo hubiera cambiado por nada. La caña, de una potencia de 15/40 y de acción media, se combaba totalmente y el tipo del palangre levantó la cabeza de su aparejo y me observó casi con asombro mientras duró la pelea.

En el momento en que el pez salió del agua, sonrió: Ves, ya te lo había dicho. Eso te pasa por no hacerme caso, me gritó mientras enfilaba la bocana con el traqueteo de su gasolino.

Por mi parte, yo estaba feliz con aquella sorpresa de última hora, pero no le dije nada. Cómo le hubiera podido explicar todo lo que me gusta pescar chicharros… si es como yo quiero, claro está.