Peces de aguas libres desde tierra

Texto y fotos por Javier García-Egocheaga javier@granpesca.com

Existen zonas costeras de considerable profundidad, donde recalan a veces peces de régimen pelágico o de aguas libres.

En ocasiones, estas zonas son producto de la mano del hombre, como en el caso de rompeolas o grandes diques. Otras, son de origen natural, sobre todo en algunos puntos de la cornisa cantábrica, donde los montesse introducen literalmente en la mar, muy cerca de la plataforma continental. Se forman entonces zonas de mucho calado y de fuertes corrientes. Esto propicia que algunos peces pelágicos o poco habituales en las zonas litorales, puedan ser ocasionalmente alcanzados por nuestras cañas, que, de por sí, tienen un radio de acción bastante limitado.

Mayormente durante los meses estivales, (muchas especies pelágicas, en verano se acercan a tierra para desovar) y más aún de noche, algunos peces acostumbrados a vivir en las aguas libres, se pondrán así a tiro, pudiendo ser atrapados con caña desde tierra, y nosotros tenemos que aprovechar esta circunstancia.

Si se pretende realizar este tipo de pesca, es conveniente esperar al ocaso y macizar o cebar el agua con algunos kilos de sardinas o de otro pescado que, previamente, habremos aplastado y mezclado con arena y agua de mar hasta conseguir el engodo que iremos lanzando a la superficie regularmente.

Es conveniente pensar en que estos peces pelágicos viven a una profundidad variable en mitad de las masas oceánicas, y su alimentación es básicamente ictívora, por lo que el pescado como cebo dará mejores resultados generalmente que los moluscos o los crustáceos de roca, a los que raramente tendrán opción en condiciones naturales.

Nuestros aparejos serán fuertes, con un bajo de línea resistente (del 0.32 al 0.40) y un anzuelo bastante grande, en previsión de capturas de cierta envergadura. Ajustaremos el flotador para pescar a una profundidad de entre dos y cuatro metros, y cebaremos el anzuelo con, al menos, media sardina, si hemos utilizado estos peces para cebar el agua.

Después lanzaremos lo más lejos posible o, como mínimo, a la misma distancia que alcancemos con el macizo. Es conveniente que utilicemos el mismo cebo para el anzuelo que para el engodo, y así conseguiremos que los peces no desconfíen y ataquen con entusiasmo nuestra carnada.

Una variante de esta técnica que puede reportarnos interesantes capturas se realizará con pez vivo. El problema que presenta es que resulta complicado conservarlo con vida, sobre todo si es de cierto tamaño, cosa que puede resultar aconsejable si tratamos de capturar grandes ejemplares pelágicos.

El único pez que se puede mantener con vida durante bastante tiempo sin tener que estar oxigenando constantemente el agua y sin temor a que muera por el calentamiento de ésta, es la anguila. Este pez, aparte de ser sumamente resistente, constituye uno de los mejores cebos que se puede ofrecer a la lubina, que siente una irresistible pasión por ellas. Si no conseguimos pequeñas anguilas (de entre 10 y 15 cm. sería lo más indicado), podremos poner en el anzuelo una joven lisa (un mugílido de menos 50gr. puede ser también un cebo excelente).

Lo que es importante, más incluso que la elección del pez que utilicemos como cebo, es que, aparte de que se halle en las mejores condiciones posibles, poner una pata de sedal larga en el bajo –de más de 2 m.-, y clavar el pez hiriéndolo lo menos posible.

Si lo clavamos por la boca, lo más adecuado es introducir el anzuelo por su boca abierta y sacar la punta por las fosas nasales, que se encuentran en la parte superior de la cabeza, cerca del morro. Es fundamental, en cualquier caso, no abrocharle la boca con el anzuelo –hay mucha gente que clava el anzuelo en el morro del pez con la boca cerrada- con lo que el pez respirará peor, nadará menos y será menos vistoso y combativo, por lo que no llamará tanto la atención de las especies predadoras.

Si el pez está correctamente clavado en el anzuelo y tiene una pata de sedal suficientemente larga, el engaño resultará muy efectivo. Podemos incluso anticiparnos a la picada del predador, pues el buldo o el flotador la anunciará con violentas sacudidas antes de producirse. En un ejercicio de contención, esperaremos a que la boya se sumerja y corra bajo la superficie unos metros antes de clavar.

Sólo entonces sabremos que el depredador ha comido, pues es frecuente confundir las primeras oscilaciones del buldo o del flotador, y tirar antes de que el predador haya picado.

Entonces, se preguntará alguno, ¿por qué se mueve? Muy sencillo. Porque nuestro pez está vivo y acaba de divisar al predador y trata de escapar.

Es la situación idónea, cuando nuestro cebo trate de escapar y, a causa del aparejo que lo retiene, no pueda desplazarse sino torpemente. Este conato de huida desatará el instinto del predador, que acometerá al pececillo brutalmente.

Muchos predadores atacan al pez por la cola, por detrás, con lo que, si lo hemos anzuelado por la boca y tratamos de clavar en la primera picada, es posible que le robemos el cebo antes de que lo haya ingerido.

Así que aguante la tensión y déjelo comer. Sólo cuando note que el flotador se desplaza bajo la superficie, cuando esté seguro de que el cebo se encuentra, efectivamente, en las fauces del predador, tire.

En el caso de los peces de aguas libres, como puede ser la aguja o el jurel, cuando piquen podremos aflojar el freno del carrete, dejar que saquen muchos metros de hilo en su huida y, cuando juzguemos preciso, endurecer el freno y comenzar a trabajar el pez hasta cobrarlo sin prisa y disfrutando de la lucha. Esto, por desgracia, no es posible con una dorada, un sargo o un serránido, como un mero, que hayamos engañado cerca de la pared, y que habremos de cobrar lo más rápido posible, sin darle tiempo a que se haga fuerte entre las rocas, adonde, por todos los medios, intentará llegar.