Navaja (Solen vagina, S. Silicua, S. Legumen)

‹Cebos mar

Es quizás el mejor molusco para cebo, habida cuenta de su aroma, su consistencia y su cantidad de “carne”. Son bivalvos lamelibranquios, pero de concha frágil, que viven enterrados en la arena –sobre todo a la salida de la ría y muchas veces junto a zonas de berberechos- aunque su territorio raramente queda en seco y si es así, por poco tiempo.

Con las mareas vivas, durante la bajamar, observamos unos característicos agujeros abiertos en la arena, donde se esconden.

Para atraparlas se utilizan muchos métodos –entre los cuales se incluye el mercado, previo pago-, aunque quizás los más divertidos y tradicionales sean el de la varilla de paraguas y el de la sal.

El de la varilla de paraguas consiste en hacernos con una de ellas o con una larga aguja de hacer punto, (mejor aún si le practicamos una muesca en forma de agalla) e introducirla de un golpe en los agujeros, que son túneles rectilíneos donde el molusco permanece quieto y expectante -esto último es suposición mía-.

Si notamos que hemos pinchado carne, procederemos a sacarla con cuidado, haciendo fuerza lateral con la varilla para que el molusco herido no pueda “recular” y sumergirse en las profundidades de su túnel.

Este método para capturar navajas es entretenido y provechoso cuando se sabe ejecutar correctamente (he conocido auténticos especialistas) aunque, de no ser así, se corre el riesgo de cobrar pocas y herir o matar muchas de ellas inútilmente.

Por eso aconsejamos encarecidamente el método de la sal, que, además, nos parece mucho más divertido y no causa ningún daño a los moluscos que se nos escapen.

Una vez más, con la bajamar durante las mareas vivas, localizamos el territorio sembrado de agujeros donde están las navajas. Nos acercamos suavemente con una bolsa de 1 kg. de sal, y echamos un poquito en la boca de cada agujero, procurando que caiga dentro.

Entonces, pasados unos segundos o casi inmediatamente, las navajas se asoman durante un breve espacio de tiempo, como preguntándose qué es lo que ocurre, y nosotros, en un alarde de reflejos, las atrapamos y las sujetamos fuertemente para que no se introduzcan de nuevo en el túnel.

Después tiramos de ellas con cuidado –para que no se rompan ni se desgarren- y nos las comemos con sal y limón, pasándolas unos segundos por la sartén que hemos puesto a calentar sobre unas brasas en la arena de la playa.

¿Eran para cebo? –pregunta siempre alguien, todavía relamiéndose.