Mitos, suposiciones y realidades en la pesca deportiva (Primera parte)

Texto y fotos: Javier García-Egocheaga


“El equipo para pescar en la mar debe ser más robusto que para el agua dulce”

Esta afirmación la comparten, no sólo la mayoría de los aficionados y profanos, sino también muchos de los fabricantes de material de pesca. Es decir, es algo tan asumido que muy pocos se habrán preguntado el porqué. Analicemos cómo se llega a esta errónea conclusión.

Bien es cierto que la mar obliga a ciertos requisitos que deben cumplir todos aquellos equipos que se expongan a ella. Parece natural que, si utilizamos materiales poco apropiados, éstos acaben fallando al poco tiempo y, lo que es peor, abandonándonos como un mal desodorante en el peor momento: Esos carretes que se atascan de repente o esas piezas que, súbitamente, se rompen cuando tenemos preso al pez de nuestra vida.

A menudo, estos deterioros de los materiales suelen ser debidos a la acción corrosiva del salitre, verdaderamente destructora. No sólo con las partes metálicas, sino también con los plásticos, las resinas, el nylon, las fusiones de fibras sintéticas y, de hecho, casi todos los materiales que empleamos se ven afectados de una manera u otra. Así pues, muchos de ellos, desde los anzuelos hasta los sedales, pasando por los carretes y cañas, llevan revestimentos especiales que los aíslan, siquiera parcialmente, de la acción del salitre, con lo que les proporcionan una mejor y más larga vida.

Sí, el salitre es uno de los mayores fastidios, de cara a la longevidad y eficacia de nuestro equipo, pero hay algo peor. No, no son las olas, los golpes de mar, ni las mareas. No, tampoco son las condiciones de vientos y corrientes que podamos sufrir. Es algo, en principio, mucho más inocente. Nos referimos, claro está, a la arena de playa, quizás el agente más destructor y nocivo para el pescador de costa. Y si no, que se lo pregunten a los sufridos aficionados al surf-casting.

La arena, a veces formada por granos diminutos, se cuela como un ladrón en todas las partes sensibles de nuestro equipo. Por supuesto, a todos se nos ocurre que nuestros carretes serán sus objetivos preferentes y los más proclives a sufrir severos daños. Así que la gente se cuida mucho de que estas máquinas estén a salvo, y para ello se gastan el dinero que haga falta con tal de que lleven buenos sistemas de sellado y proporcionen un hermetismo a prueba de arena.

Esto es casi imposible, pero, teniendo cuidado y limpiando el carrete cada poco tiempo, conseguiremos que nos dure muchas jornadas. El problema es que, todo el esmero que ponen en conservar su carrete alejado de los pérfidos granitos calizos, no se corresponde con el poco que le dedican a salvaguardar sus cañas.

Parece como si las cañas fueran ajenas al maleficio de la arena, y no es así. Al contrario. La arena raya las anillas y termina inutilizándolas pero, sobre todo, raya el mismo blank, y no te digo nada, cuando penetra en el cuerpo de las telescópicas.

Es decir, en las de tramos, que se cuele un poco de arena en las juntas es malísimo, pero en las telescópicas, esto mismo puede significar cargarse la caña ahí mismo. Por tanto, un trapo a mano para pasarlo por la caña, antes y después de montarla, o bien cuando llegamos y cuando marchamos, puede ayudar a conservar el equipo en condiciones óptimas. No olvidemos que la arena, al igual que el salitre y, generalmente, en pérfida comunión, se pega como una lapa a nuestros materiales.

Vemos, pues, que lo que marca la diferencia real entre el equipo de agua dulce y salada, es en realidad ajeno a la solidez del mismo. En todo caso, al aguante que proporciona frente al salitre, y ya que la lucha contra la arena no se contempla, ese sería el único factor diferencial. Entonces, la pregunta de rigor se plantea de nuevo: ¿Para qué queremos un equipo más robusto en la mar que en el agua dulce?

La respuesta, esta vez, podría venir determinada por las especies piscícolas que pueblan la procelosa mar océana. Aquí, quien más quien menos, todo el mundo ha visto esos documentales de Costeau, en los que un tiburón blanco casi se come a un tío dentro de una jaula, barrotes incluidos. ¿Y qué decir del de la orca, que se zampa unas focas gordas y lustrosas como luchadores de sumo? Si es que la mar está llena de bichos enormes: atunes gigantes, peces espada, tiburones, orcas, la ballena blanca del capitán Akab y el pulpo de su homólogo Nemo. Hay de todo, cierto. Pero seguro que no nos pica nada que supere unos pocos kilos de peso. Palabrita del niño Jesús.

Y como lo anterior está más claro que el pis de un vegetariano, todas las precauciones que tomemos y toda la solidez de nuestro equipo no servirá para nada, cuando se interese por nuestro cebo un pececillo de una cincuentena de gramos, que es lo normal y como debe ser.

Porque no lo olvidemos: por cada pez de más de 5 k. hay miles, millones de unos pocos gramos. Hombre, si usted es “muy fino” y sabe mucho de esto, conseguirá eludir el acoso de los pezqueñines y reservará lo suyo para los pecezones. Que no es por poner en duda su pericia y su saber, pero entonces este libro no es para usted, ni siquiera se acerca al perfil de pescador medio que ofrece la estadística. Entonces, claro, si sólo pican bichos diminutos, para qué quiero yo esta caña que me ha costado cincuenta mil duros de los antiguos, por no mencionar el sedal con aguante para tropecientos kilos y los anzuelos estos enormes que me está entrando complejo de ganchero del Sella.

Yo se lo digo, no se ponga así: por si un día le pica la dorada de 8 kilos. Eso sí, tenga en cuenta que, tras pescar los últimos 34 años de mi vida, sólo tengo constancia de un ejemplar de dorada que se acercaba a ese peso. Lo que sí he visto a millares, son los pececillos incansables que tienen que alimentarse como sea y, en su loca carrera para conseguir una talla aceptable que limite su número de enemigos, están dispuestos a zamparse cualquier cosa que usted haya tenido a bien de colocar en su anzuelo.

“El buen pescador pesca a pulso (o a mosca, o con enchufables, o a casting, etc.)”

En otras palabras: el buen pescador es el que pesca de una manera determinada y no de otra. ¿Por qué? Pues porque yo estimo que es más difícil, o más deportiva, o más productiva, o ve a saber qué.

Bueno, visto así, no parece tener mucha base esta afirmación, y, sin embargo, seguro que la hemos oído, con ligeras variantes muchas veces. En principio, no hay modalidad más difícil o más fácil. Sí, por mucho que algunos estén pensando en la pesca a mosca y la estén comparando, con cierto desprecio quizás (lo noto) con la de cebo o carnada. Puede que incluso con la de cucharilla o pez artificial. Otros se jactarán de pescar con vinilos y aparejos “finnesse” y se estarán acordando de los que practican la pesca con pez vivo. Unos cogerán carpas con un rústico y enorme flotador empleando pan como cebo, mientras otros habrán teñido sus ásticots y calibrado hasta el último miligramo su veleta para capturar esos mismos ciprínidos en ese mismo puesto.

Así es la pesca y, a priori, parece que hay técnicas más complicadas, o más sofisticadas y laboriosas, lo que nos podría inducir a la creencia de que, en consecuencia, el mejor pescador, el más sabio y ducho, optará por alguna de éstas. Pero esto es falso. La experiencia nos demuestra, una vez más, que en la pesca no se deben tener ideas preconcebidas. De hecho, muchos de los mejores pescadores que he conocido, practicaban las modalidades más rupestres, con los equipos más básicos y de las formas menos homogéneas. Y viceversa.

Lo que ocurre es que, dado que, como apuntábamos, hay técnicas más sofisticadas, resulta natural ver en ello una correlación con la pericia de quienes las practican.

Pero no hay que confundir conceptos que, aunque pueden ir ligados, no tienen que ser necesariamente asimilables. Pongamos el caso del mosquero tradicional. Este individuo, amén de su mayor o menor destreza en el manejo de su equipo (algo que puede ser realmente complicado en ocasiones), tendrá también amplias nociones sobre entomología, sabrá leer el agua y determinar los lugares adecuados para posar sus imitaciones y, si es montador, una gran habilidad para conseguir fabricar esas verdaderas obras de arte, que conocemos como moscas artificiales.

Pero, todo ello, no significa que sea mejor pescador que alguien que emplea una basta vara de bambú con una anilla en punta para amarrar un cabo de sedal.

De hecho, conozco “mosqueros” que emplean muchas horas (todo el crudo invierno) montando moscas. Que engrasan una y otra vez su cola de rata. Que sacan de la funda esa caña que han traído de Inglaterra y la miran embobados durante meses. Y, cuando por fin comienza la temporada de salmónidos, se desplazan todos los fines de semana que pueden a un río que unos días está mal y otros peor. Bueno, también ha conseguido tres o cuatro jornadas buenas, en las que no ha hecho viento, ni ha llovido en demasía, ni bajaba muy alto ni muy bajo el caudal, ni había mucha gente alrededor, o un vertido había asolado la cuenca.

En fin, cuatro días que, sin ser excepcionales, ha valido la pena ir de pesca. Sí. Eso es todo. Y eso justifica una pasión y la temporada, porque esto es lo que hay y de donde no hay, ya sabemos lo que se puede sacar.

Así que este mosquero de ciudad, por mucha revista que compre y muchas moscas que monte, hará más pesca de salón que otra cosa. Mientras que al amigo que dejamos con su vara de bambú y que lleva yendo a pescar todos los días desde antes de que tuviera memoria, sabe por qué ese pez se muestra esquivo hoy, y que esa turbulencia en el agua delata algo que nadie más percibe, y que si ese pajarillo se posa en esa rama, mejor lanzar al lugar opuesto… Vamos, que le da mil vueltas a nuestro mosquero, por mucho que no sepa diferenciar una mosca seca de una cucharilla.