MAZARRÓN / Murcia

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La N-332, llegaremos hasta Mazarrón que aparece frente al conductor anegada por los diminutos mares artificiales que forman los espejos de plástico de los invernaderos, donde se cultivan tomates todo el año. Esta localidad es, en realidad, el Puerto de Mazarrón, pues el pueblo se encuentra a 5 km. tierra adentro.

No obstante, si nos desviamos por cualquiera de las salidas (El Portús, Cabo Tiñoso, La Azohia) que dan a ese mar verdadero que se esconde tras los taludes de roca, encontraremos fantásticos lugares para pescar, muchos apenas conocidos.

Cala Aguilar, el Bolete, el Pozo de la Avispa o la incomparable y de difícil acceso Cala Cerrada, son algunos de estos lugares que, desde aquí, recomiendo efusivamente para el pescador que no quiera ser incomodado, y pretenda disfrutar de la soledad y de la naturaleza. Todos estos lugares son accesibles desde el desvío de Campillo de Adentro, a 18 km. de Cartagena, vía Mazarrón. Las dificultades de los caminos que conducen a la costa serán pronto olvidadas cuando nos hallemos en estos pesquiles fantásticos.

Si lo queremos hacer más cómodo, o viajamos acompañados de la familia o somos gente más apegada a las ventajas de la civilización, podemos optar por las playas de la Azohia o las de Bolnuevo, a ambos lados del Puerto de Mazarrón, más frecuentadas pero de mucho más fácil acceso. En esta parte, entre Mazarrón y Bolnuevo, encontramos muchas playas separadas por tómbolos o pequeñas penínsulas rocosas que constituyen también recomendables lugares de pesca.

Estos tómbolos nos proporcionan la posibilidad de adentrarnos en la mar y alcanzar con nuestros aparejos mayores profundidades que si lanzásemos desde la orilla de la playa. Son formaciones calizas y pizarrosas, y están flanqueadas de erizos y moluscos. Demos tener cuidado si caminamos por aquí con los pies descalzos, o si nos bañamos en sus inmediaciones.

Los erizos, al pisarlos, nos hieren con sus puntas, que contienen un débil veneno. Además, debido a la fragilidad de las espinas, siempre quedará un trocito de éstas bajo nuestra piel. Es preciso extraerlas, pues de otra forma, nos causarán un vivo dolor durante muchos días, y pueden llegar a infectarse. Se sacan con pinzas de depilar o, con buen pulso, pinchándolas con una aguja de coser.

En las grietas de la pared y bajo las rocas, encontraremos abundantes bígaros, sabrosísimos. Personalmente, me gusta tanto su recolección como la de setas, y si no tenemos ganas de pescar o no pican, pueden resultar una alternativa para pasar agradablemente la tarde.

En estos lugares he capturado pargos de buen tamaño y doradas, siempre a fondo, cebando con tita. También, con aparejos menos pesados y anzuelos menores, he conseguido buenos ramilletes de panchos, salmonetes y algún que otro pez plano, con gusana de rosca o arena.

También la escollera del puerto de Mazarrón se nos antoja un buen lugar, sobre todo a partir del ocaso. Hasta hace pocos años, solía quedarme casi hasta al amanecer durante las noches primaverales pescando dentro de la bahía con las pesadas cañas de lance. Aparte de congrios y latiguillos, cuyas capturas eran casi una constante, sacaba grandes sargos, alguna dorada o un serránido vagabundo de talla considerable. Sin embargo, desde 1998, la verja de entrada al puerto se cierra por las noches, e impiden la pesca deportiva, aduciendo motivos de seguridad ¿? que nunca he acabado de entender.

 

Lanzando a fondo capturamos desde pargos hasta salmonetes, pasando por muchas otras especies bentónicas que son relativamente frecuentes en estas costas. Pero, esta vez, vamos a proponer otra modalidad de pesca, en especial si nos hallamos en alguno de los lugares enclavados entre Cartagena y la Azohia, que calificaría como difíciles pero magníficos. Y es que, por la propia dificultad de su acceso, han salvaguardado un número apreciable de representantes de algunas especies muy perseguidas, naturalmente refractarias a la presencia humana. Estoy hablando de palometones, anjovas y serránidos, como lubinas y bailas, que se acercan sin temor a estas calas desiertas buscando los pececillos que se agolpan en sus orillas, lo que nos da ocasión de presentarles de forma efectiva nuestros aparejos.

En las playas del Bolete, desde Cala Aguilar hasta Cala Cerrada, este sueño de soledad se hace realidad para el aficionado más exigente. Si nos procuramos una provisión de pececillos –basta con pescarlos allí y conservarlos vivos con una redecilla metálica dentro del agua- podremos optar por pescar con cebo vivo el fortísimo palometón, la omnipresente lubina o la feroz anjova, todo un trío de ases.

Personalmente suelo llevar tres cañas para practicar este tipo de pesca. Una pequeña, con flotador, sedal del 0.12 al 0.18 y anzuelos diminutos para capturar los pececillos que emplearemos como cebo. Las otras dos, mayores y más potentes, con acción de punta para garantizar un efectivo clavado y carretes bien provistos de al menos, 200 m. de sedal del 0.30 al 0.40, con cierta elasticidad y freno bien regulado para evitar roturas.

También se hace necesario tener a mano una sacadera de considerables dimensiones y asa larga.

El aparejo será sencillo: basta con un buldo o burbuja, llena de agua hasta la mitad, y una pata de al menos una braza de sedal, donde empatamos un gran anzuelo de carbono que asegure un coeficiente de penetración elevado. Encarnamos con un pececillo vivo procurando no dañarlo. Una vez cebado el aparejo, lo lanzaremos lo más lejos posible pero con cuidado de ejecutar esta acción suavemente, por la misma razón, es decir, que no sufra el pececillo vivo. Después abriremos el freno hasta lograr una resistencia moderada a la salida de línea y dejamos que nuestro cebo haga su trabajo, que consiste en nadar libre pero torpemente, para ser detectado por el predador.

Debemos mantenernos atentos a las oscilaciones de la burbuja o, si esto nos es imposible, a las del seno del sedal. Cuando advirtamos que la burbuja comienza a moverse, nosotros nos mantendremos quietos y a la expectativa.

Es una señal inequívoca de que nuestro cebo ha detectado presencia del predador o, lo que es lo mismo, que el predador lo ha detectado a él. Comienza la fiesta. La picada suele ser brutal, y nuestra futura pieza engulle sin piedad el cebo. Pero cuidado: en muchas ocasiones he visto a algunos aficionados –o lo he hecho yo mismo-, cómo sacaban, literalmente, el cebo de la boca del predador de un violento tirón, con intención de clavarlo. Hay que dejarle comer y tragar.

Sólo cuando estemos seguros de que lo ha tragado, propinaremos un golpe de muñeca para clavar en lo más profundo de la boca de nuestro pez y, acto seguido, aflojaremos el freno del carrete para permitirle la huida y que los primeros tirones no nos rompan el sedal.

Es frecuente encontrarse con grandes ejemplares, que desarrollan una fuerza difícil de controlar en estos primeros compases de la lucha. Una vez que hayan sacado muchos metros de línea del carrete, podremos comenzar a cobrar, alejándonos progresivamente del temor a la rotura, por lo que conviene que nuestro sedal tenga algo de elasticidad.

Cuando notemos a nuestro contrincante vencido y hayamos cobrado suficiente extensión de sedal, tampoco conviene apresurarse. Resulta habitual que el pez, en sus postreros instantes en el agua, precisamente cuando siente la proximidad del pescador, saque fuerzas de flaqueza y con un brusco coletazo rompa en el último momento. Por eso es importante trabajarlo a conciencia, mantenerle la cabeza fuera del agua tanto como nos sea posible, y, si la acción de la caña es suficiente, mantener siempre el hilo en tensión y no permitirle nunca que se dé la vuelta de forma violenta; es decir, encarar siempre su cabeza, nunca su cola.

Por último, solo resta guiar hacia él la sacadera, y meterlo dentro con un movimiento preciso, procurando que entre todo su cuerpo, comenzando por la aleta caudal. Para ello sumergiremos la sacadera a la profundidad suficiente, tras el pez, de manera que no pueda apoyarse en el marco de nuestro redeño, para conseguir un punto de apoyo que le permita ese último y desolador coletazo con el que tantos peces grandes han escapado.

Respecto al cebo, siempre he defendido que el mejor es el que encontramos en el lugar de pesca. Por tanto, para la ocasión, nos bastará cualquier pececillo que podamos atrapar allí mismo, desde pequeños mugílidos, hasta palometas, pasando por panchitos, bogas, pequeños sargos o cualquier otro.

Lo que sí es importante es conservarlos muy vivos y manipularlos y lanzarlos con sumo cuidado, para que no sufran daños y naden y se agiten cuanto sea posible, con objeto de atraer la atención de los depredadores.