Las enormes doradas del puntal. Primera parte

Por J.J. Ulrak. Fotografías y texto. ulrack@teleline.es

Quedan pocos lugares donde la captura de doradas se considere algo habitual. Parece casi inverosímil que exista un pesquil -a menos de cincuenta metros de la orilla-, en el que sólo encontraremos doradas, generalmente ejemplares de considerables dimensiones.

Sin embargo, este emplazamiento al que nos referimos, existe y tiene nombre y apellidos: La desembocadura del Asón, a la altura del Puntal de Laredo.

Podemos pescar bonitas doradas y a la vez disfrutar de un bonito paisaje.

No hemos descubierto nada nuevo. Los lugareños lo saben desde hace mucho tiempo, y todo aquél que echa sus cañas aquí, pretende, exclusivamente, engañar al gran espárido.

La dorada es uno de los peces más perseguidos por el pescador deportivo… y menos capturados. ¿La razón? No una, sino muchas razones y de muy variada índole se podrían aducir. Para empezar, habremos de reparar en la escasez de individuos con los que cuenta esta especie en la actualidad. Esto condiciona la dificultad de toparnos con alguno de ellos, por puro cálculo de probabilidades.

Además, su carácter desconfiado y sus costumbres caprichosas, contribuyen a que su captura, en la mayoría de las ocasiones, se pueda calificar como asilada y fortuita. Por si lo anterior no bastara, tendremos que sumarle la capacidad de este pez para romper anzuelos y sedales con sus potentes mandíbulas, con lo que, en caso de una picada, lo más probable es que escape sin ofrecernos siquiera la oportunidad de averiguar qué era “eso” que tuvimos en el extremo de la línea, antes de destrozar el aparejo y huir.

Quizás, en la dificultad que entraña, radique uno de los principales atractivos que encontramos en la captura de este maravilloso pez. Sus cualidades deportivas son sólo parangonables a las gastronómicas, y de ahí que seamos muchos, los aficionados que soñemos con doradas, con grandes y poderosas doradas llamadas a combar nuestras cañas algún día de suerte.

Pero vayamos por partes. Lo primero que debemos saber es que la dorada es un espárido -el más “marisquero” de la familia-, que se alimenta, básicamente, de crustáceos y moluscos. Posee una dentición y un paladar compacto, adaptado a una dieta que comprende muchos animalesacorazados. Es el caso de todos los bivalvos, como las ostras, almejas, chirlas, mejillones o navajas, que pocos peces son capaces de triturar. También le encantan los crustáceos, en especial todos los tipos de cangrejos, independientemente de la dureza de su esqueleto externo que, como hemos visto, no parece preocupar demasiado a nuestro protagonista.

Por tanto, aquel que pretenda pescar doradas, deberá tener muy en cuenta la formidable boca a la que tendrán que enfrentarse sus anzuelos y sedales. Suele ocurrir que, en caso de picada, la dorada no repare en el anzuelo que esconde la carnada y siga ramoneando por el fondo, masticando sin prisa el cebo e, involuntariamente, el sedal.

En estas ocasiones, el aficionado, al recoger, se encontrará con la desagradable sorpresa de que el anzuelo ha desaparecido como por arte de magia, sin que la puntera de la caña haya detectado nada. Así que utilizaremos bajos de línea del 0.40 al 0.50 y anzuelos de mar muy robustos y con un alto índice de penetración, que permitan una sólida sujeción.

La caña, como se imaginarán, será también fuerte, con suficiente acción de punta para clavar y dominar las embestidas del pez, que, de pasar de los cuatro kilos, se defenderá con brutales tirones. El carrete, asimismo, irá en sintonía con el resto del equipo y será grande, con un buen freno y capacidad para albergar muchos metros de grueso hilo. No nos importará su velocidad de recuperación, pero sí su potencia, para trabajar con garantías a este pez que presentará una feroz batalla.

Respecto al cebo, lo idóneo es proveernos de los alimentos frecuentes en su dieta. Así, tan bueno es un cangrejo como un mejillón, una navaja como una almeja, o la resistente “tita”. Si utilizamos moluscos, los pondremos enteros, con concha incluida. Por ejemplo, si encarnamos con mejillón, forzaremos levemente sus valvas con la punta de la navaja y deslizaremos el anzuelo dentro. Si optamos por un cangrejo, la mejor manera de presentárselo es completamente vivo, sujeto por una gomita elástica, con lo que no dañaremos al animal.

Particularmente, estoy convencido de que cualquiera de los cebos reseñados resulta óptimo, sin que sea mejor o peor uno que otro. La dorada hoza, sin prisa pero sin pausa, en el lecho marino y va comiendo todo lo que encuentra a su paso, ya se trate de un cangrejo, una navaja, o una gusana de mar. No obstante, y como a los aficionados, (en nuestro afán por lograr más capturas) nos encanta rizar el rizo, me suelo decantar por cebar mis anzuelos con un “sol y sombra” de cangrejo con gusana, de galera (Squilla mantis) con mejillón o con navaja, etcétera.