La lubina a cacea desde embarcación o curricán. Segunda parte

Por J.J. Ulrak. Fotografías y texto. ulrack@teleline.es

Los cebos

Utilizaremos siempre señuelos artificiales salvo en contadas excepciones o en variantes de esta modalidad. Por ejemplo, se me ocurre la técnica del bote de remos y pez vivo, muy eficaz y óptima dentro de los puertos, bahías y otros enclaves abrigados.

Presenta la ventaja de poder ser practicada en lugares donde no cabría emplear una embarcación a motor, y es uno de los métodos tradicionales que más ejemplares proporciona en nuestras costas. Incluso profesionales de la flota de bajura, se inclinan en determinadas condiciones por su uso, como cuando el estado de la mar les imposibilita salir a faenar y tienen que permanecer dentro de sus bahías y radas protegidas. Entonces, con cualquier pececillo vivo y sin plomo, remando suavemente y “paseando” el cebo a cuarenta o cincuenta brazas del bote, no habrá lubina que se resista.

Pero esta modalidad, como hemos visto, difiere en gran medida de lo que concebimos como cacea o curricán, que, repetimos, se lleva a cabo con artificiales.

¿Qué artificiales? Todos los que existen para la mar y los que quedan por venir, es decir, los que existirán en un futuro más o menos cercano.

¿Cuáles son los mejores? Ya sabía yo que me vería en aprietos cuando, -por mucho que lo he evitado- surgiera la pregunta.Para ser sincero, no lo sé. Es la pregunta del millón: me la he formulado miles de veces y como yo, el resto de los aficionados a los artificiales.

Es más, cuando voy a pescar acompañado, procuro que, si mi compañero utiliza, vamos a suponer, un pez artificial, amarrar yo un anguilón de goma, o si él emplea un jugoso vinilo tipo lombriz nadadora, poner yo un diablo de Tasmania o un pez articulado o un señuelo mixto de plumas o una cucharilla ondulante… ¡qué sé yo!

Lo que sí es verdad es que, la mayoría de los aficionados nos decantamos por los modernos peces artificiales, articulados o no. En parte porque éstos presentan tal variedad que nos permiten, sin salir de su amplia gama, utilizarlos en cualquier circunstancia. Me explico.

Antes, si pretendíamos realizar largos lances, usábamos pesados chivos de plomo. Ahora tenemos peces de todos los pesos imaginables. Si queríamos mantener el señuelo navegando a cierta profundidad, utilizábamos una cucharilla ondulante con una plomada en la línea para sumergirla tanto como quisiéramos. Ahora, con un pececillo ahogado, es suficiente. Si lo que queríamos era un señuelo que se moviese despacio y provocador, escogíamos un “salvario” –que era un artificial hecho con la piel de este pez-. Ahora tenemos peces cuyo movimiento es tan lento y sugestivo como el mejor de estos salvarios momificados.

Por tanto, resulta sencillo decantarse por los peces artificiales, y así lo hacemos la gran mayoría.

La casa más implantada en la comercialización y producción de peces artificiales es Rapala, seguida probablemente por Yo-Zuri o Dam. Existen muchas otras, -que no tienen que ser mejores ni peores- aunque estas citadas ofrecen unos estándares de calidad muy altos.

Cada señuelo se presenta envasado de forma individual, y suele venir acompañado, además, de un breve prospecto, donde se detallan algunas de sus características, así como recomendaciones en cuanto a su empleo. Se especificará el modelo y la serie a la que pertenece, su tamaño, su peso -para la cacea en embarcación no nos interesa este dato, aunque sí para el spinning desde tierra- o si pertenece al tipo de los flotantes (floating) o ahogados (sinking).

Los primeros resultan letales cuando los bancos de peces pasto merodean por la superficie, lo que se produce especialmente durante las costeras primaverales y estivales, aunque no por ello sean ineficaces durante el invierno.

Parece comprobado que la lubina –al menos una parte de ellas- realiza en el Mediterráneo y en las costas atlánticas andaluzas ciertas migraciones “en vertical”, permaneciendo durante el invierno a cierta profundidad sobre los bajíos rocosos del fondo, lo que nos brinda la ocasión para poner a prueba los señuelos ahogados, de amplias paletas delanteras que los fuerzan a sumergirse.

Además, con un poco de práctica, aprenderemos a hacer que naden a la profundidad que deseamos, regulando su paleta y ajustando la velocidad de la embarcación.

Mi opción personal es, tanto en verano como en invierno, combinar el uso indistinto de los ahogados y los flotantes, decantándome por unos u otros –o decidiendo mantener ambos- en función de cómo transcurra la jornada.

En otras palabras: en esta pesca, apostar todo al rojo o al negro me parece demasiado arriesgado.

Y ya metidos en colores, respecto a la librea de los señuelos, la elección se vuelve más confusa si cabe. Los que presentan tonos plateados entreverados con franjas oscuras y negras, imitando a pequeñas caballas, por ejemplo, gozan de aceptación general. Pero no es menos cierto que libreas uniformes en tonos cálidos (rojizas, doradas, etcétera) resultan igualmente satisfactorias, así como encontramos modelos célebres, como el “cabeza roja”, que no tienen nada que ver con uno ni con otros.

Inclusive algunos peces de colores muy tenues o sin ningún contraste cromático, han realizado grandes capturas, al igual que otros brillantes o fluorescentes se han llevado la palma en otras ocasiones.

Probablemente –y dando por hecho que la librea influya tanto como creemos, lo cual tampoco está probado- el éxito en la elección del colorido y la forma dependan de la suma de muchos y muy sutiles factores que, hoy en día, se nos escapa.

Dándole muchas vueltas a este asunto, he llegado a pensar que, quizás, lo que nos funciona a nosotros o lo que les funciona mejor a otros aficionados, pueda depender de factores tan imperceptibles como la velocidad a la que habitualmente lo traemos, el tipo de pasadas que hacemos, la profundidad -¿quién repara en si su señuelo va dos metros por encima o por debajo?-, el lugar que solemos elegir, el tipo de sedal y su grosor, la distancia a la que remolcamos los señuelos o el tipo de embarcación y el ruido del motor, por citar sólo unos pocos… En fin, demasiados factores para hacer único responsable del éxito o del fracaso al colorido o al modelo de nuestro pez.

¿El tamaño? Bueno, esto es más sencillo. En principio sirve para realizar una primera selección de nuestras futuras presas, aunque de forma muy vaga, pues –como es sabido- a un señuelo pequeño también puede entrar un pez grande y viceversa. Pero, con todo, estadísticamente, el tamaño supondrá una primera “criba”.

Así pues, alrededor de 10cm. puede ser una medida estándar, que garantice el ataque de lubinas de tipo mediano –de entre 1 a 5 kg.-, con todas las excepciones que se pueden producir a esta norma general.

Respecto a marcas y modelos concretos de la amplia oferta existente, pese a que tengo mis preferencias, como entiendo que no son mejores ni peores que los usados por otros aficionados, evitaré hacer publicidad. Me limitaré a declarar que, casi todo lo que existe en el mercado –máxime proviniendo de primeras marcas- “funciona”, si seguimos las recomendaciones del fabricante y les damos el uso adecuado.

Pero no sólo hay peces en la viña del Señor. También son muy útiles las cucharillas ondulantes, los anguilones de goma –a mí me encantan- y un larguísimo etcétera que nunca utilizamos, hasta el día que aparece un artículo sobre ellos en una revista especializada o, al llegar al pantalán con la bañera vacía, descubrimos a nuestro vecino de atraque ocultando “sus milagrosos e inverosímiles señuelos” con los que ha capturado una lubina de ensueño.