El cebado. Primera parte.

El cebado es, en nuestra humilde opinión, la parte más desconocida, algo así como la asignatura pendiente -y nunca aprobada- de todo pescador. En efecto, las dificultades a la hora de escoger entre los innumerables cebos nos llevan a dudar y a decantarnos por uno que puede no ser el más indicado.
No debemos olvidar que no existe el cebo perfecto para una especie determinada, sino que el momento, la luz, la trasparencia o temperatura del agua, o cualquiera de las múltiples circunstancias influyentes, condicionan la elección del cebo óptimo, aquél que será atacado por el pez.
De la complejidad de la elección se desprende la dificultad que entraña, incluso para el más experimentado pescador, elegir correctamente, y que sólo en ocasiones acierte, en general habiendo probado antes diferentes opciones. Entenderán entonces por qué muchos aficionados van a pescar provistos de diversos cebos, aunque conozcan al dedillo la zona a batir y la especie que buscan. En éste, como en muchos otros, aparece el aspecto lúdico y fortuito de la pesca, y siempre es más conveniente jugar con varias cartas que apostar únicamente con una, jugándoselo todo, por ejemplo, a lombrices.
Los cebos se dividen en dos tipos, a saber: naturales y artificiales.

Naturales.
Los naturales, como su nombre indica, son los que, en mayor o menor medida, modificados o no, proceden del medio.
El pez come lo que come. Parece una chorrada, -ustedes dirán, claro, qué chorrada-, pero a menudo se nos olvida y tratamos de que el pez muerda un bocado que a nosotros se nos antoja suculento, o que nosotros, unilateralmente, decidimos que a él le resultará delicioso.
Ejemplo: si la superficie se halla cubierta de repugnantes bichos peludos con aspecto inquietante y desde luego desagradable según nuestro criterio, es posible que nos resistamos a atrapar uno de ellos y ensartarlo en el anzuelo, y prefiramos, por contra, una de las magníficas lombrices traídas de un lugar exótico y que nos han costado cuarenta duros la docena en la tienda de ese señor “que lo sabe todo de pesca y que con tanto entusiasmo nos ha aconsejado”.

Lo más probable es que el pez desdeñe la lombriz, pues se está alimentando con glotonería (tal y como se alimentan los peces siempre que pueden) de los bichos repugnantes que invaden la superficie.
En cierta ocasión, un amigo y reputado depredador fluvial me contó cómo logró atrapar esa trucha enorme e inatrapable con una cereza. Ante mi asombro, me explicó que lo había intentado con todo, desde la mosca al pez vivo, y que, una tarde, mientras recogía disponiéndose a abandonar con la cesta vacía, se fijó en un par de cerezos que se columpiaban sobre la poza donde presuntamente se escondía el salmónido y vertían en ella alguno de sus frutos, que no volvían a aparecer tras una primera inmersión en el agua. Probó entonces a poner una cereza en el anzuelo y arrojarla de la forma más natural, como caída del árbol y, tras tocar la superficie, el pez mordió y llegó el milagro: se hizo la luz de la captura tanto tiempo anhelada.
Ignoro si este relato será del todo verdadero (mi amigo es un gran pescador pero también un afamado mentiroso). Lo que sí puedo asegurar es que al pez hay que ofrecerle -siempre que se tenga oportunidad de hacerlo- aquello que está acostumbrado a comer y de la forma en que está acostumbrado a hacerlo.
Todos los pescadores hemos oído y narrado anécdotas semejantes, verdaderas o falsas según cada cual, pero siempre esclarecedoras en este sentido.
Abundando un poco más, diré que siempre me ha parecido un error macizar con un producto y luego encarnar el anzuelo con otro distinto, es decir, que si cebamos el agua, por ejemplo con despojos de anchoa triturados y los peces lo comen, poner en el anzuelo una quisquilla me parece desaconsejable. No digo que dé por fuerza malos resultados, ni que la quisquilla sea un mal cebo -todo lo contrario- pero siempre que sea posible, sería mejor encarnar con esos mismos pedacitos de anchoa que los peces están devorando con total confianza. El pez no recelará y facilitará nuestra tarea si previamente se ha alimentado y hemos vencido así su resistencia inicial a probar nuestra golosina.

Tampoco hay que olvidar que cada pez siente especial predilección por un tipo de comida en según qué lugares u horarios y, por tanto, las especies más representativas o interesantes para la pesca deportiva serán tratadas de manera individual en próximos capítulos con sus correspondientes cebos, pero, hasta entonces, vaya un último consejo aplicable para todos los peces: debemos ofrecer al pez lo que mayor parecido guarde con su alimentación habitual, siempre y cuando su presencia en el anzuelo no desentone demasiado con la forma en la que el pez suele encontrarlo.
Ejemplo: Observamos una lisa o mugil comiendo en el fondo; sabemos que se está alimentando de pequeñas algas y microorganismos adheridos a las rocas que chupa sin descanso. Nos será prácticamente imposible capturarla si le ofrecemos dicho alimento soportado por un anzuelo a media agua, en caso que podamos, ya que el pez lo encontraría antinatural. Es pues, mejor, quizás, un simple trozo de pan flotando en la superficie y que sirve de escondite al pérfido acero de nuestro anzuelo.
En principio, usted podrá pensar que estoy cayendo en una contradicción al aconsejar los cebos naturales que mayor relación puedan guardar con la alimentación habitual de los peces, y acto seguido, aconsejar un trozo de pan, si el alimento natural nos resultara imposible de colocar en el anzuelo o su exposición al ataque del pez careciese de la naturalidad suficiente para que éste pueda ser engañado.
Bien, le doy la razón, me contradigo, pero conscientemente, y es que, ésta, es una de las reglas sagradas de la pesca: no existen patrones fijos, ni fórmulas infalibles, ni nada que ofrezca un resultado invariable en cualquier circunstancia.
Es muy posible que, de pararnos a analizar por qué a muchos y muy distintos tipos de peces les agrada el pan nuestro de cada día, llegásemos a conclusiones que no repugnarían a la razón, pero este cometido se halla fuera de las pretensiones de esta humilde obra; empero, debo indicar que, aquí precisamente, radica otra de las reglas de oro: en la pesca, en el comportamiento de los peces, en la forma en que se desarrolla una captura, poco obedece al azar, aunque, a veces, las mencionadas capturas gusten componerse con dicho disfraz, y caigamos en la trampa de achacar a la suerte lo que es un logro de nuestra inteligencia y conocimiento.

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