CULLERA/Valencia

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El pueblo se emplaza a un lado de la ría del Júcar, transformada en puerto pesquero. También existe un club de piragüismo y muchos aficionados locales a la pesca deportiva.

Esta población cuenta con buenos y distintos escenarios de pesca, aptos para muchas modalidades. Hace poco tiempo, me tomé unos días de vacaciones y estuve aquí pescando de diversas maneras. El primer día lo dediqué a recorrer los kilómetros que separan el Brosquil de Sant Lorrenç. Esa misma noche, con un cielo estrellado y la luna en cuarto menguante, decidí comprar mejillones y gambas, preparar dos fuertes cañas de lanzado, y dirigirme a las inmediaciones de la ría de Cullera.

Aparejé las cañas, calculé la fuerza de la corriente y lancé al centro del estuario. Empaté grandes anzuelos y puse mucho lastre. Los cebaba con dos gambas enteras cada uno y utilizaba un sedal del 0.40, en previsión de algún pez de cierto tamaño.

Transcurrieron más de dos horas sin más picada que la de algún “pezqueñín”, que a duras penas podía con tanta carnada como había en los anzuelos. Pese a que el parte meteorológico anunciase mal tiempo y el barómetro hubiera bajado en las últimas horas, la noche se había quedado muy quieta. En medio de aquella placidez, en el hueco que formaban dos piedras, estaba quedándome dormido, cuando una brusca sacudida en una de las cañas me despertó como si se tratase del zarpazo de un monstruo. Y no era para menos. El monstruo marino había picado. Me incorporé como un resorte y agarré la pesada caña casi ya al vuelo. Abrí un poco el freno del carrete y éste cantó generosamente.

No sé de qué se podía tratar lo que forcejeaba en el extremo de la línea, pero aquel bicho pugnaba por arrancarme la caña de las manos. Tampoco puedo cuantificar ahora el tiempo que estuve luchando contra él. Me había sacado ya mucha línea del carrete y el teflón del 0.40 parecía asegurar el éxito de mi empresa. Traté de traerlo hacia mí. Le gané, con esfuerzo, unas cuantas vueltas de carrete, hasta que, de pronto, como si fuese una coz, la caña se combó casi hasta describir una circunferencia, y una violentísima sacudida vino a terminar con todas mis ilusiones, rompiendo el sedal.

Nunca sabré qué había enganchado. Sudando, recogí. Ahora era mi corazón el que me coceaba a mí en el pecho. Quería marcharme lo antes posible, pero ya de camino al apartamento, estaba pensando en regresar cuanto antes a aquel sitio.

A la mañana siguiente, los pronósticos del tiempo se cumplieron y el día amaneció lluvioso y la mar, con aspecto de Cantábrico en invierno, rompía contra la costa y se tornaba grisácea en la distancia del horizonte. Cogí una caña manejable de menos de 3 m. y me acerqué a las inmediaciones del cabo, bajo el faro de Cullera, para practicar spinning con artificiales.

Allí me encuentro con un pescador local que está utilizando un rapala articulado y lo lanza sobre la espuma con muy malas intenciones. Va acompañado de otro aficionado que lleva una imitación de pequeño verdel y, en la cesta, una lubina de más de dos kilos. Se interesan por mi aparejo, que consistía en un “invento” con tres anguilitas de goma; en la que remataba el aparejo había montado una cabeza de plomo, para que calase un poco y darle peso para el lanzado.

- Mira que bien trabaja el chiquet –exclama uno de ello en alusión a mi aparejo.

- Seguro que así vas a pescar algo –añade el otro.

No obstante, ellos se fueron con una buena lubina y yo tuve un par de picadas, pero siempre eran lubinetas de escasa talla, por lo que decidí soltarlas.

Me quedaba sólo un día de vacaciones antes de regresar a mi ciudad, así que opté por probar a lanzar en las playas colindantes usando sardina en salazón y gusana de arena como cebos. Tampoco pesqué nada reseñable, pero, aún así, me divertí con numerosas picadas y comprobé la bondad de estas aguas durante la primavera, cuando todavía no han sido invadidas por las legiones de veraneantes que se agolpan, entre sombrillas y tortillas de patata, en sus tranquilas playas.