Cebos para lábridos.

Texto y fotos: Javier García-Egocheaga javier@granpesca.com

No cabe duda de que, los gusanos o “gusana”, como se llama a los anélidos de mar en algunos puntos de nuestra geografía, constituyen uno de los mejores bocados que podemos ofrecerles, y son aceptados, de forma casi universal, por todos y cada uno de las especies que componen la familia de los lábridos. Pero esta amplia familia de peces marinos come muchos otros alimentos, que también podrán servirnos de cebo, a veces a un precio mucho más económico.

Vayamos por partes, ¿qué comen los lábridos? Mejor aún, comenzaremos enumerando aquello que no comen: peces ni cefalópodos. En otras palabras, los lábridos no son ictívoros, por lo que rechazan cualquier carnada constituida por pescado. Esto incluye desde peces vivos, hasta pedazos de peces muertos. Así pues, cebos tan reputados como los trozos de sardina, de boquerón, etcétera, o bien tiras de calamar o de pulpo, serán del todo inconvenientes para su pesca.

Por supuesto, tampoco atacarán a los señuelos artificiales para mar, que simulan, en su mayoría, pequeños peces. A los lábridos les gustan los cebos vivos, puesto que no son en absoluto carroñeros, pero en su dieta -repetimos- está ausente cualquier tipo de pescado. Sin embargo, sí comen un buen número -por no decir casi todos-, de los animalillos que pueblan las franjas litorales de nuestras costas. Estamos hablando de cangrejillos, anélidos (gusanos), pequeños moluscos abiertos, quisquillas, pulgas de mar, etcétera.

Como vemos la lista es amplia, pero los pescadores deportivos, salvo pocas excepciones, usan, casi invariablemente el mismo tipo de carnada: anélidos marinos.

No obstante, esto no quita para que existan diferencias entre los muchos tipos de anélidos, vulgarmente conocidos como “gusana” o limbrices de mar, de que podemos disponer, pero no quería desperdiciar la oportunidad de reseñar algunos otros cebos que, igualmente efectivos, no son tan empleados para capturar estos peces. Me refiero, sobre todo, a los pequeños crustáceos, fáciles de capturar con la bajamar y realmente productivos en el anzuelo.

El primero de ellos, y sin duda, el más empleado sería la quisquilla (Leander aquilla ), no confundir con el camarón (Palaemon serratus) de mayores dimensiones y pelín grande para la boca de la mayoría de los lábridos, si exceptuamos las mayores maragotas o durdos.

El uso de la quisquilla, pese a ser un cebo muy utilizado por los pescadores de escollera, a veces está circunscrito, casi exclusivamente, a la pesca de espáridos con el agua movida. No hay duda de que este empleo tiene su fundamento, pues es quizás lo mejor que podemos encarnar en el anzuelo si perseguimos sargos o mojarras con el agua gorda.

Pero no debemos olvidar que, al igual que estos espáridos, lo lábridos cazan en los mismos ecosistemas litorales, aventurándose en aguas poco profundas para capturar estos pequeños crustáceos. La única diferencia estriba en que los lábridos, a diferencia de los sargos, prefieren las aguas quietas o de corriente moderada y cristalinas para alimentarse. Pero su alimento, en este caso las quisquillas que buscan en los pozos tildales tan pronto como la marea se lo permite, es el mismo. Por tanto, unas quisquillas vivas en un aparejo de lábridos, serán tan efectivas como en un aparejo de sargos. No desaprovechemos la oportunidad de ofrecérselas.

Del mismo modo, habitualmente nos olvidamos de los cangrejos cuando pretendemos pescar lábridos. ¿Por qué? Pues porque asociamos a los cangrejos a los grandes espáridos de dentadura poderosa y fuertes mandíbulas. Pero, ahora viene la pregunta del millón: ¿es que todos los cangrejos son grandes y duros? Pues no: lógicamente los cangrejos no nacen midiendo cinco centímetros de largo y con unas poderosas pinzas. Entonces, ¿por qué no probamos a encarnar con los más pequeñitos, esos que encajan como un guante en nuestro minúsculo anzuelo? Por desconocimiento, sin duda. Repárese en que estos cangrejillos, por un lado, son más frecuentes y fáciles de atrapar que sus hermanos mayores y, además de más pequeños, generalmente más blandos, más aptos, en suma, para las fauces de los lábridos.

Respecto a los cangrejos de mayores dimensiones, si damos con ellos cuando están mudando, podemos llevarnos gratas sorpresas, y no sólo me refiero ahora a los lábridos, sino también a especies tan perseguidas como la lubina. El cangrejo blando es uno de los mejores cebos para el durdo o la maragota, incluso partido en pedazos que se adecuen al tamaño de nuestro anzuelo, funciona a las mil maravillas.

Y, hablando de cangrejos, nunca debemos olvidarnos de ese gran cebo, sin duda uno de los mejores para todas las especies de roca, que es el cangrejo ermitaño.

En España contamos con dos especies: el cangrejo ermitaño, digamos, “normal” (Eupagurus bernhardus) y otra, endémica del Mediterráneo, a la que se conoce como “ermitaño gigante”. Esta última es bastante empleada como cebo, sobre todo entre los palangreros profesionales de bajura muchos puertos del sur peninsular, pero estos ejemplares, magníficos para capturar, por ejemplo, grandes espáridos, suelen ser demasiado grandes para la mayoría de los lábridos. En cambio, los otros ermitaños -los pequeños, vaya-, son ideales para aquel aparejo que persiga julias, tordos, gayanos o cualquier otro labro que se tercie.

Respecto al cangrejo ermitaño -también conocido como caracol bruja-, los profanos deben saber que, obviamente, no se trata de un molusco gasterópodo, sino de un crustáceo. Entonces, se preguntará alguno, “¿cómo así tiene concha?”. La respuesta es simple: la roba. Se la roba, por supuesto, a un caracol de verdad, a un verdadero gasterópodo, que estaba en el fondo llevando una vida, suponemos plácida, de molusco, hasta que muere y es despojado de su casa, o lo matan y es despojado de su casa, que aunque no es igual, es parecido. El caso es que uno se queda sin parte de su cuerpo y el otro se apropia de él. En nuestro caso vendría a ser como si alguien se quedase con nuestra piel y nuestro esqueleto, lo cual suena muy terrorífico y muy grunch, aunque ya se sabe que las comparaciones son odiosas.

Digo esto, porque aliviará problemas de conciencia al aficionado que decida emplear ermitaños como carnada, para lo cual tendrá que hacer salir al animalillo de su concha.

Para ello existen dos métodos, igualmente expeditivos, pues el inquilino ermitaño es propenso a resistirse y no abandonar su morada -por mucho que la haya previamente robado- de buen grado. Así que no pierda el tiempo conminándole a salir y oblíguele por las bravas. Las dos maneras a las que nos referíamos son estas:

A) Partimos la concha con ayuda de una piedra o de un martillo: La ventaja es que es un método rápido. La desventaja es que, si no se hace con mimo y atinadamente, corremos el riesgo cierto de hacer puré a nuestro crustáceo.

B) Calentamos la concha con un mechero: La ventaja es que siempre sale entero y en prefecto estado operativo. La desventaja es que es un método lento y paciente y, a veces, nos quemamos los dedos.

Por lo demás, podemos encontrar ermitaños en todo nuestro litoral, especialmente en la franja tildal al retirarse la marea.

En resumen, tanto quisquillas como cangrejos ermitaños, son dos cebos magníficos para cualquier lábrido que se precie, y podemos ofrecérselos con las mismas garantías de ataque que con un anélido marino, quizás su cebo por excelencia.