CARTAGENA / Murcia

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Es una ciudad muy particular, condicionada en cierta medida por la presencia de un grueso contingente de la Marina, tanto militar como civil. En este sentido, el puerto (en realidad, sus puertos) es digno de consideración. Podemos contemplar grandes navíos de guerra y un trasiego incesante de todo tipo de embarcaciones.

Desde Murcia capital hemos accedido a Cartagena cómodamente por la autovía. Una vez aquí, tomamos la carretera de la costa N-332, vía Mazarrón, serpenteando entre montículos rocosos y descubriendo el azul de la mar en cualquiera de sus recodos llegando a Isla Plana.

La dureza lunar de la Sierra de la Muela se proyecta sobre la costa como un reseco esqueleto de unos montes que, quizá en otra época, disfrutaron de algo de verdor, de algo de vida. El paisaje es extremadamente seco, casi desértico, y salvo los pobres almendros y alguna planta sarmentosa que germina aquí o allá, no hallaremos sino cactus y chumberas.

Este tramo costero resulta arisco, escalonado sobre la mar, que dormita, cristalina, a los pies de los breves acantilados.

En contraste con la tierra reseca que se alza sobre los hombros de estos montes fosilizados, la mar ofrece un espectáculo diáfano y vital. Grandes bancos de pescado se arriman a la costa buscando en vano escapar de la voraz anjova, de la lubina que se atreve a cazar en las aguas menos profundas, de la palometa y el palometón que rondan las estribaciones litorales, prestos a irrumpir como torpedos en los bálamos de aterrorizados pececillos.

Las herreras y los salmonetes recorren, por su parte, los amplios bajíos de arena hozando en el fondo, mientras las mojarras y otros espáridos de mediano tamaño vigilan sus andaduras tratando de arrebatarles algún crustáceo, un gusano, una quisquilla de arena quizás, que hayan podido dejar al descubierto en su esfuerzo desenterrador.

Lanzar la caña sobre estas aguas iridiscentes constituye, ya de por sí, un placer inesperado. Observar la mar desde la altura, sentir cómo nuestro sedal perfora la radiante superficie, nos recompensa sobradamente, aun antes de haber pescado nada.

Que nadie se prive de darse un baño en estas aguas paradisíacas. En Cala Honda, en el Portús, a escasos kilómetros de Cartagena, los recortes de la costa alumbran algunos de esos rincones cuya visita justifica cualquier viaje, cualquier caminata por las estribaciones candentes de la sierra que se lanza en picado sobre las aguas murcianas.

Entonces, embriagados por el sosiego y la belleza de todo cuanto nos rodea, entendemos a los fenicios, a los romanos y a tantos otros pueblos de la antigüedad que ambicionaron estas tierras y, -me atrevería a afirmar-, sobre todo, estas aguas.

La nacional 332, de interminables meandros, está salpicada de desvíos por carreteras comarcales, algunas en bastante mal estado, que nos conducirán a pequeñas calas de insospechada belleza.

Aquí podremos pescar solos, en silencio, hermanados con el paisaje único y con la placidez de la mar murciana.