Pescando en la desembocadura.

Las desembocaduras y los estuarios constituyen buenos lugares de pesca, aunque suelen presentar ciertas dificultades debido a sus grandes corrientes.
Por eso es conveniente pescar en las horas punta de la bajamar o de la pleamar, y evitar los días posteriores a las grandes tormentas.

Las especies que pueblan los estuarios de los ríos tienen que ser capaces de soportar grandes variaciones de salinidad (es decir, son especies de carácter eurihalino), y estar preparadas para desenvolverse en condiciones muy diversas y cambiantes.
Aun así, son muchas las especies marinas que gustan de estos cambios y los toleran relativamente bien. Tenemos peces como las lubinas, los mugílidos (muble, corcón, lisa etc.), la platija etc., que remontan parcialmente el curso de algunos ríos y se encuentran muy a menudo cerca de cualquier corriente de agua dulce que se introduzca en la mar.

 

Por otro lado, los ríos, con su constante aporte de sedimentos, forman a poca distancia de la desembocadura lo que se conoce como barra, origen de olas verticales y de comportamiento más o menos regular, de esas que hacen las delicias de los surferos.
Estas olas, dotarán a la zona de un atractivo añadido para las lubinas, que sienten pasión tanto por las aguas dulces, como por las playas con fuertes oleajes, cuyas espumas les permiten cazar en situación ventajosa.
El aporte alimenticio de los estuarios atrae también a numerosas especies orníticas, como garzas, gaviotas, correlimos, ostreros etc. y a múltiples invertebrados, como quisquillas, cangrejos, e infinidad de anélidos, que encuentran en las márgenes de cieno y arena sedimentadas las condiciones ideales para prosperar, con una gran cantidad de nutrientes y de materia en descomposición que pueden sintetizar.

Los estuarios se convierten, por tanto, en la zona ideal para procurarse cebo en sus orillas y para pescar con caña cuando otros lugares no dan resultado. Por ejemplo, puede ser muy recomendable acercarse a los estuarios cuando, por la placidez de la mar y lo cristalino del agua, no engañemos a ningún pez pescando al curricán ligero desde tierra.

La ría nos asegura siempre un agua más turbia y oscura, y una presencia casi incondicional de lubinas, que acudirán muy bien a nuestros señuelos artificiales.

También podemos echar a fondo en el lecho del estuario, aunque a veces, dada la profusión de cangrejos, nos será casi imposible pescar con cebo natural, pues estos crustáceos son especialistas en detectar la carnada antes que los peces y la soltarán del anzuelo con facilidad gracias a sus tenazas, para devorarla en pocos minutos.

 

Si no queremos correr ese riesgo, siempre nos queda pescar con flotador. En ese caso recomendamos emplear como cebo las infalibles quisquillas y camarones, a poder ser vivas.
Estos pequeños crustáceos hacen las delicias de casi todos los peces que habitan este ecosistema y su uso nunca nos defraudará.
Pero, al margen de qué técnica elijamos, el verdadero problema que suelen presentar los estuarios en nuestras costas –sobre todo los mediterráneos y algunos cantábricos situados cerca de zonas industriales- es el de la contaminación del agua del río, que en ocasiones baja biológicamente muerto, y cuya desembocadura se asemeja más a una inmensa alcantarilla que a un lugar idóneo para la biodiversidad.

 

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