El cebado. Tercera parte.

Ya hemos dicho que los cebos artificiales imitan a animales vivos que están preferentemente en la dieta de aquellos peces a los que tentamos. Es importante tener esto claro, porque de nuestra habilidad para simular que el artificial es real, es decir, que se trata de un animalillo, sobre todo en apuros, dependerá nuestro éxito en buena medida.

¿Por qué los cebos artificiales sólo imitan a cebos naturales de origen animal y no vegetal? Muy sencillo: porque están dirigidos a animales carnívoros que son aquellos susceptibles de picar estos señuelos y cuya voracidad les impulsa a hacerlo. Se imaginan un cebo artificial que imitase, por ejemplo, un trozo de patata cocida. ¿Verdad que no? Sólo pensarlo me da grima, pero, en el fondo, si no se hace es porque no es efectivo, y si no es efectivo es porque a los peces que se les puede pescar con un trozo de patata cocida –como es la carpa- tienen otra forma de comer que los carnívoros.
Veámoslo con un ejemplo. Imaginen una trucha que se acerca a un pececillo lentamente y sin rodeos. Después lo mira, se acerca más, lo huele o saborea un poquito, pongamos que le mordisquea una aleta o dos, lo prueba más detenidamente y, al final, decide que es comestible y se lo zampa.
Mucho antes de que ocurra todo eso, el pececillo habrá escapado sin permitir a la trucha que se coma previamente, pongamos, un par de sus aletas o cualquier otra parte para decidir si está bueno o no.
Una trucha, si descubre un pececillo cerca de su radio de acción de cazadora, hará una rapidísima maniobra y lo engullirá de un bocado.

La manera anterior de proceder sería propia de una carpa. Imaginen si el trozo de patata cocida es de plástico o de vinilo.
Una vez aclarado esto, diremos que los cebos artificiales pueden ser también de dos tipos: los que imitan con fidelidad al alimento natural, y los que, descuidando en mayor o menor medida los detalles, tratan de provocar la reacción instintiva del pez.

Me explico: aquellos que, como las cucharillas, no pretenden parecerse tanto a sus modelos naturales (pececillos, insectos etc.), como estimular el ataque del pez depredador gracias a la reacción más o menos incontrolada de su instinto.

Es imposible, por poner un ejemplo, que un pez con la capacidad visual de la trucha, pueda confundir un insecto que se debate en la superficie con una cucharilla redondeada que surca las aguas, o una lubina acostumbrada a cazar en las condiciones de más precaria visibilidad, se arroje en aguas límpidas tras una fina estructura de plomo y pelos de chivo que navega en zig-zag, imitando a un pececillo desesperado.
Resulta poco verosímil tal confusión; sin embargo, estos señuelos se muestran absolutamente efectivos con los peces depredadores, y un número creciente de pescadores no utiliza otra técnica, lo que a mí juicio también supone un error, aunque deba reconocer que la pesca exclusivamente con artificiales es muy deportiva, entretenida e ingeniosa, y suele dar óptimos resultados incluso entre los más inexpertos aficionados.

Los cebos artificiales son innumerables. Cualquier objeto que sea capaz de engañar a un pez constituye un cebo artificial. Presentan varias ventajas frente a los naturales, pero cuentan también con una gran desventaja, y es que sólo actuarán en condiciones especiales, esto es, cuando el pescador los haga parecer naturales, vivos, con lo que conseguirá engañar al pez.
Pongamos que nos disponemos a pescar truchas en la poza de un río con una buena población de estos salmónidos.
Llevamos lombriz de tierra y cucharillas. Si dejamos caer sobre el agua una cucharilla colgando de la línea, a buen seguro que ningún ejemplar, por hambriento y propicio que se encuentre para ser capturado, se lanzará a por ella. Si por el contrario, dejamos caer de la misma manera una lombriz, es posible que alguna trucha se decida a engullirla. Ahora bien, si lanzamos la cucharilla y la traemos recogiendo suavemente, parándola un poco en las zonas de más corriente, pegando algún toquecito de muñeca, como si se tratase de un pececillo asustado tratado de escapar a brincos.

Posiblemente desatemos el instinto predador de las truchas y alguna se lance como una flecha hacia el señuelo.
Siguiendo con lo anterior, desde un trozo de pluma atado a un anzuelo, pasando por un artefacto mecánico que imite una rana, o un poco de lana roja, o “papel de plata”, o un pequeño monstruo peludo de colores, todos ellos son cebos artificiales, pero de muy diversa factura y apropiados para algunas especies cada uno de ellos y en según qué condiciones.

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