Truchas sin muerte

Texto y fotos: Javier García-Egocheaga javier@granpesca.com

Ahora que tenemos la temporada de salmónidos encima, muchos de nosotros ya estamos desempolvando el equipo, y nos aprestamos a ponerlo todo a punto para el gran día del estreno.

Comienza un nuevo año en el particular calendario que la veda impone en todos los aficionados a la pesca de estas especies. Ya es hora de que comencemos a fantasear con esos días gloriosos o penosos, según, pero siempre emocionantes, que se avecinan. Y como todas las temporadas, cada vez serán más los aficionados que se decidan a practicar la pesca sin muerte, independientemente de que el lugar elegido nos permita llevarnos las truchas a casa.

Además, debido a la sequía que ha sufrido este año gran parte de la Península, al creciente número de centrales eléctricas y otros obstáculos alojados en las cabeceras de los ríos, que impiden un desove efectivo de los salmónidos en muchas cuencas, así como otros males que afectan a la calidad y cantidad de nuestras aguas continentales, nada hace presagiar una temporada boyante.

Muchos aficionados, tarde o temprano, tomamos conciencia de lo escaso de este bien que son los salmónidos autóctonos. Algunos lo hacen desde el convencimiento por razones puramente técnicas, numéricas, echando cuentas del número de cañas y del de especímenes “pescables”. Otros, por simple espíritu conservacionista. Otros, por razones personales que podemos o no compartir; pero todos llegamos a la misma conclusión: es mejor soltar nuestras capturas que arrebatárselas al río.

Lo que ocurre, es que, llegados a este punto, muchos de los peces liberados sufren graves trastornos que les ocasionarán la muerte. Todos hemos sido testigos de la desagradable imagen de un pez agonizando, con la boca rota u otros síntomas de haber pasado por la mano del hombre. Mejor hubiera acabado en la sartén, que varado en la orilla donde morirá poco a poco.

Para que esto no les ocurra a esas truchas que tanta satisfacción nos proporcionaron, me gustaría incidir en una serie de aspectos que a veces se nos olvidan, de cara a que la suelta de estos peces resulte efectiva.

La primera sería, sin duda, limar a conciencia la muerte del anzuelo y pescar siempre con artificiales, a fin de que el pez no trague más de lo necesario y su desenganche sea fácil y poco traumático.

Una vez cobrado, debemos cogerlo con las manos mojadas, y si podemos hacerlo sin sacarlo del agua, mejor que mejor. Desgraciadamente para los amigos de los trofeos fotográficos, retratarse con la captura suele ser una de las principales causas de la mortandad en ejemplares liberados.

Manipularemos el pez de forma suave, evitando en todo momento introducirle los dedos en las agallas. Esta forma de asirlo proporciona una firme sujeción, pero, a menudo, le acarrea la muerte. Éste es uno de los órganos más sensibles del pez y debemos evitar tocarlo a toda costa.

Nunca debemos arrojar el pez al agua, sino a muy escasa distancia de la superficie. Mucho menos, lanzarlo a nuestro compañero para que vea lo que hemos capturado. Un pez, como cualquier otra criatura, se lesiona si choca contra la superficie, especialmente en zona de remanso. Así que lo introduciremos suavemente y lo dejaremos nadar desde la palma de nuestra mano.

Nunca jamás lo colgaremos de una percha, como hacen a menudo los pescadores de bases y de lucios, para luego liberar las capturas al final de la jornada. Esta práctica mata más que ninguna otra.

Y, por último, pensemos que ese pez, además de un bien escaso, es nuestro amigo y nuestro aliado para que sigamos disfrutando de esto que más nos gusta: meternos en el río y escapar de todos nuestros problemas durante el tiempo mágico que dura cada jornada de pesca.