LA PESCA DE LA ANGULA. SEGUNDA PARTE

Texto y fotos: Javier García-Egocheaga javier@granpesca.com

Nuestros abuelos todavía compartían la idea generalizada de que las anguilas nacían del barro ribereño y la angula era el primer y único paso previo a su estado adulto.

Sin embargo, se demostró esta falsedad cuando, a mediados de siglo, se relacionó a las angulas directamente con el leptocéfalo, que el biólogo danés Schmidt había descubierto años atrás y de manera fortuita, a la altura de las Faröes. Esta larva leptocéfala, de perfil plano y que había sido clasificada como una especie distinta, resultó ser el paso anterior a la angula en el ciclo biológico de la anguila.

Las larvas, algo así como unas hojitas aplastadas y trasparentes, son transportadas por las corrientes oceánicas desde el Mar de los Sargazos, situado entre las Bermudas y las Bahamas –donde eclosionan los huevos-, hasta las costas Europeas y Americanas (en función de qué especie de anguila se trate).

Cuando las larvas leptocéfalas se hallan en aguas litorales, sufren la transformación definitiva, que las dotará de las hechuras serpentiformes que les permitirán remontar el río.

En este estado (antes de la cazuelita, el ajo y la guindilla) es en el que nos las encontraremos, todavía trasparentes, pero ya convertidas en graciosos gusanillos nadadores.

A medida que se acomodan al agua dulce, pierden peso, grasa, y una línea oscura se apodera progresivamente de su lomo. Esta nueva pigmentación que las convertirá definitivamente en anguilas, es la causante de denominaciones tales como “angulas de lomo negro”, que, como dijimos, pesan menos que las de que son enteramente trasparentes, o blancas tras la cocción.

Algunos sibaritas, sin ponerse de acuerdo en qué etapa (con o sin pigmentación) resultan más exquisitas, discrepan sobre el particular. En todo caso, a la lubina le da igual, y ataca a unas y otras con idéntica ferocidad, incluso cuando alcanzan la delgadez máxima, tras volverse totalmente oscuras sin que todavía hayan comenzado a desarrollarse como anguilas.

Así era como las encontraba en los veranos de mi infancia, negras y muy delgaditas; me aplicaba persiguiéndolas en la desembocadura del río y los en los charcos de la bajamar: finas como alambres, con la pequeña protuberancia de la cabecita sobresaliente. No era fácil atraparlas, no se vayan a creer. Las muy puñeteras se escurrían a través de la menor rendija que puedan imaginarse y, aunque eran muy abundantes, hacerse con media docena -contando sólo con las manos desnudas, las más de las veces- suponía toda una hazaña.

Sin duda, pertenecían al último retén de las angulas que habían recabado en el río durante el invierno y que, a estas alturas de temporada y por influencia del agua dulce, se habían provisto ya de su característica pigmentación de ejemplares adultos.

Para atraparlas, mi redeño –quisquillero- se revelaba del todo ineficaz, pues la malla de su red no era lo suficientemente fina.

Así que me las tenía que ingeniar con otros artefactos, tales como un colador de café, que en contadas ocasiones logré distraer.

Para capturar angulas y pequeñas anguilitas existe un arte de pesca específico, que en mi tierra se llama cedazo. Puede ser de formas diversas, adaptado a su uso desde embarcación o desde tierra, pero aquí sólo nos referiremos a los de tierra y más artesanales.

Nunca he encontrado una tienda donde los vendan, así que lo mejor es fabricárselo uno mismo. No es difícil. Para ello debemos agenciarnos una tela metálica –a poder ser inoxidable- de las dimensiones adecuadas (esto suele rondar 1 m²). Después, una vez elegida la forma que nos place, -lo más normal es hacerlos cuadrados o circulares- la cosemos al marco (también metálico) con un fino alambre.

Ahora tenemos una especie de criba, como la de los buscadores de pepitas de oro, pero, para que resulte operativo nuestro artilugio, debemos, por último, acoplarle un mango, -de entre metro y medio a dos metros- a fin de poder manejarlo cómodamente y sumergirlo a voluntad.

Ya contamos con la herramienta adecuada. Vamos a por las angulas.

Sabemos que remontan los ríos durante el invierno. Cuanto mayor sea éste, más angulas se sentirán atraídas, pero incluso las más exiguas corrientes de agua dulce son visitadas periódicamente. De esta forma, un débil riachuelo también puede resultar excelente en ocasiones.

Sólo cuando cae la noche y la marea está subiendo, se deciden a remontarlo, por lo que intentar pescarlas de día o con la marea bajando resultará inútil.

Una vez que se den estas condiciones, nos situamos en una de las márgenes, e introducimos el cedazo. Como si fuera un cucharón, rebañaremos la orilla en dirección a la desembocadura –para cortar el paso a las angulas que suben desde la mar- y sacamos el arte del agua.

Al trasluz, comprobaremos si algún ejemplar serpentea sobre nuestra malla metálica, en cuyo caso, lo dejamos caer sobre un receptáculo que llevamos preparado. Para verlas, es aconsejable acompañarse de un candil o un farolillo y, sobre la boca de nuestro receptáculo, colocaremos una redecilla de paño que permita colarse a las angulas, pero no a los restos de broza y suciedades varias que también atrapa el cedazo.

En verano, las angulas no remontan el río, pero quedan algunas diminutas anguilitas en las inmediaciones de la desembocadura y en los canales costeros.

Para atraparlas, batiremos las orillas y la vegetación del fondo con el cedazo hasta que demos con ellas. En este quehacer, también capturaremos algún cangrejillo, quisquillas o pequeños peces, todo ello magnífico cebo para tentar a las lubinas.

Las angulas se conservan vivas durante meses, con sólo mantenerlas en un recipiente adecuado –casi todos con más de ½ m² de fondo lo son- y agua suficiente. Si no queremos alimentarlas, tampoco pasa nada, pues subsistirán gracias a sus reservas de grasa.

Si nuestra intención es cocinarlas, antes debemos matarlas (lo que no es tan fácil como pudiera suponerse), pues, en caso contrario, saltarán al contacto con la cazuela y se dispersarán por el suelo de la cocina. Lo tradicional es matarlas con nicotina, veneno al que son muy sensibles, aunque también podemos hacerlo introduciéndolas -hasta llenarlo- en un bote hermético, y luego cerrarlo, con lo que morirán asfixiadas en pocos minutos.

Para utilizarlas como cebo, lo mejor es que estén vivas. Podemos prenderlas en el anzuelo atravesándolas por cualquier parte.

No obstante, para sujetarlas con firmeza y evitar poner de carnada uno de nuestros dedos, mientras lidiamos con la escurridiza angula, lo mejor es rebozarlas con serrín o con arena.