Sargos a boya: una pesca otoñal

Texto y fotos: Javier García-Egocheaga javier@granpesca.com

Llega el otoño, la mar se pone súbitamente nerviosa, como si supiera que la placidez del verano toca a su fin; las mareas vivas rompen el fondo y los sargos aprovechan tanta agitación para atiborrarse de quisquillas.

Ha llegado el momento de echarnos la caña al hombro y buscarlos en las aguas turbias que constituyen sus lugares de caza. Una vez más, intentaremos cazar al cazador.

Vamos a ocuparnos de un tipo de pesca muy específico. Se acabó eso de echar la caña “a ver lo que pica”. Pescar sargos a corcho en el Cantábrico durante el otoño es todo un ritual. Y los devotos, que somos muchos, nos preparamos a conciencia para la ocasión. Aquí no se improvisa una jornada de pesca. Más bien, se aguarda a que se den las condiciones que la propician, el cúmulo de circunstancias que resulta imprescindible para llevar nuestra empresa a buen puerto.

Antes que nada, la mar de fondo debe ser considerable. Si no está gorda el agua y no hay suficiente golpe, perderemos el tiempo. Después, nos aseguraremos que la marea comience a subir en el momento propicio, esto es, cuando nos disponemos a comenzar la pesca. Por último, que contamos con suficiente cebo y macizo para atraer y aguantar a los bálamos de pequeños sargos en el pesquil.

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Una larga jornada de pesca.

Mareas vivas durante los meses otoñales. Hemos comprobado el mal estado de la mar y decidimos pasar a la acción.

Miles de pequeños peces del género Diplodus nos esperan en el interior de los puertos, en las dársenas, al pie de los paseos marítimos, en los lugares protegidos donde habitualmente el agua está tranquila y transparente. Pero ahora, el maretón que hay fuera y las grandes mareas, consiguen que los botes amarrados golpeen la superficie, que se escuche el tintineo metálico de la jarcia en los veleros y que el agua haya adquirido un color chocolate muy sugestivo para la pesca.

Todo en la bahía es agitación, y los sargos, que entienden la señal, se lanzan al unísono a explorar esas zonas lindantes con la tierra, riquísimas en pequeños crustáceos. Ha llegado su oportunidad… ¡Y la nuestra!

Necesitaremos algo para atraer su atención. ¿Tenemos macizo? El macizo o engodo puede hacerse de distintas maneras. Lo único indispensable es que contenga suficientes sustancias nutritivas para engolosinar a los sargos y que desprenda un fuerte olor que les resulte atractivo. Lo podemos elaborar a base de restos de sardinas, anchoas, etcétera; también machacando erizos de mar mezclándolos con arena, vísceras de pescado, sangre de atún o cualquier otra sustancia que reúna los requisitos anteriormente descritos.

Siguiente paso: mientras baja la marea, nos dirigimos a la zona tildal, a los pozos poco profundos que deja la mar al retirarse, para proveernos de quisquilla. Para ello empleamos redeños y reteles, a poder ser cebados con restos de pescado (las cabezas de bonito son ideales).

Con la punta de la bajamar, tan pronto como se inicie de nuevo el ciclo ascendente de la marea, finalizamos la recolección de cebo y cambiamos los redeños por la caña. Conservaremos vivas las quisquillas envueltas en un trapo húmedo o entre algas mojadas, en una cesta de mimbre que les permita respirar. Nunca en envases cerrados de plástico. Menos aún con agua. En ese caso mueren a los pocos minutos. Lo mejor, si disponemos de esta útil prenda, es una boina vieja, previamente empapada en agua de mar.

Comienza la fiesta.

Durante el otoño, el agua del Cantábrico todavía está caliente y hay mucha comida. La turbiedad y el movimiento de la mar beneficia a los sargos, que consiguen así cazar en condiciones privilegiadas. Cuando la mar se va adueñando de las zonas que quedaron en seco, llega el momento de echar la caña. Téngase en cuenta que los sargos recorren el mismo camino que la marea y están esperando a que ésta suba para investigar las zonas que acaban de ser inundadas. Así que macizamos la zona elegida para que los sargos –o chapastas- se arremolinen en ese punto concreto donde habremos de pescar.

A la hora de repartir el macizo o engodo, debemos tener muy presentes un par de cosas: que pueden existir corrientes que lleven el macizo –y detrás a las peces- lejos de nuestro pesquil. Y que el macizo hay que dosificarlo de manera que no empachemos a la pesca.

Por eso, cuando “echamos publicidad” –macizo, vamos- alrededor de nuestro aparejo, ha de ser siempre con medida y buen tino.

Por supuesto, si contamos con gran cantidad de quisquillas, arrojar puñaditos de estos crustáceos al agua, constituirá un estupendo macizo.

En cuanto comienzan a producirse las picadas, obraremos con prontitud y sacaremos a las piezas del agua lo antes posible, con objeto de que no asusten a sus semejantes. Los sargos (y cuando son pequeños, mucho más) suelen presentar un comportamiento muy gregario, y en estos periodos juveniles acostumbran a convivir varias especies en los mismos bálamos, especialmente mojarras y sargos comunes.

El aparejo.

El aparejo es bastante simple. Un corcho, un plomo corredizo tipo oliva y un quitavueltas haciendo de tope. Podemos montar uno o dos anzuelos, según los gustos y la habilidad de cada aficionado.

Ahora bien, lo que sí es de crucial importancia es que el bajo de sedal sea fino –nunca más del 0.22- y largo –nunca menos de braza y media-. Los anzuelos, pequeños, deben ser muy afilados y cortos –carbono mejor- para clavar al primer toque y no exceder el tamaño de la quisquilla.

Por su parte, la quisquilla se encarna comenzando por el extremo de la “cola”, de manera que el anzuelo siga con su forma el cuerpo del crustáceo y la punta quede alojada a la altura de la cabeza del animalillo.

El corcho debe ser muy sensible, bien lastrado, para que se hunda con la más ligera presión. Si el pez nota resistencia quizás deseche el bocado que le presentamos.

Podemos pescar muy cerca de tierra y con muy poca profundidad, pues, si el agua está suficientemente gorda, los sargos se aventurarán a cazar con muy poco fondo. Pero si queremos dar más calado a nuestro aparejo y la caña que llevamos es demasiado corta para realizar lanzamientos adecuados, siempre podremos recurrir al truco de la bolita de plástico.

Para ello, tomamos una cuenta de plástico o una perlita agujereada y la ensartamos en la línea madre por encima de la boya, a la que le habremos quitado el pasador. De esta manera, al lanzar el aparejo al agua, el plomo hace que el cebo vaya directo al fondo, mientras que el corcho –despojado del pasador que lo pinza con la línea- flota libremente. Entonces, calculando la profundidad a la que deseamos que trabaje nuestro cebo, damos un nudo en la línea madre con un trocito de sedal, que hará de tope cuando encuentre la cuenta de plástico que queda sobre el corcho. Con esta sencilla operación, conseguiremos que el cebo se hunda a la profundidad que consideramos ideal, sin preocuparnos en lo sucesivo por los lanzamientos.

La técnica.

Es una pesca de reflejos. Los sargos llegan atraídos por el aroma nutritivo que desprende el macizo y se encuentran con una quisquilla –“bailando” a media agua- que parece que va a desparecer en cualquier momento, a causa del movimiento y la turbiedad. Por eso, para que el cebo sugiera al pez la impresión de que es un animalillo que se le puede escapar, es tan importante un bajo de sedal largo y fino, que permita a nuestra quisquilla gozar de la máxima movilidad.

Esta situación hará que el pez ataque con ferocidad el cebo, para, acto seguido, tratar de huir con él. Si descubre el anzuelo –que lo descubre, créanme- lo rechazará.

Conclusión: clavar al primer toque. Un error típico es propinar un fuerte golpe, un cañazo, vamos, que “sacará” la carnada y el anzuelo de la boca del pez, o simplemente se la desgarrará.

Debemos clavar con la muñeca, nunca con el brazo. Por eso conviene que la caña tenga cierta acción de punta, sin llegar a ser muy rígida.

Clavar bien es tan importante como interpretar correctamente las oscilaciones del corcho. El que sepa estas dos cosas tiene el éxito casi asegurado.

Generalmente, las capturas serán de escaso tamaño, pero esto no le resta un ápice de emoción a esta pesca. Los sargos, por diminutos que parezcan, siempre son combativos y tiran del sedal con una fuerza inusual para su tamaño.

Por otro lado, si pescamos con dos anzuelos, los dobletes son frecuentes, y las picadas, en las condiciones descritas, constantes. La diversión está, pues, asegurada… Y fritos en la sartén, estos pequeños peces son excelentes para rematar una jornada que se inició muy de mañana, mientras elaborábamos el macizo y ya nos temblaba la muñeca, que habríamos de poner a prueba horas después con los insaciables sargos otoñales.