La pesca como actividad social

Texto y fotos: Javier García-Egocheaga javier@granpesca.com

La pesca deportiva se ha entendido tradicionalmente como una actividad solitaria, como un ejercicio en cierto modo individualista, ajeno a las relaciones con otros miembros de nuestra sociedad. Constituye el triste tópico del pescador arisco, introvertido y asocial que conviene desterrar cuanto antes.

Bien es verdad que este bello deporte permite a quien lo desea escapar del mundanal ruido y le brinda la posibilidad de permanecer durante unas horas consigo mismo, sin otra compañía que la que quiera otorgarle la naturaleza. Sólo los pescadores conocemos la quietud y la paz que proporciona asomarse a la superficie del agua, como quien se asoma a un balcón suspendido sobre otro mundo en el que impera el silencio, la suavidad de las cosas.

Pero eso no quita para que, al terminar la jornada, incluso el pescador más solitario, sienta la imperiosa necesidad de contar cómo le fue, de relacionarse con otros que comparten su afición y comprenden el significado de su relato. ¿Qué sería de la pesca si el aficionado no pudiera comunicar luego aquello que le produjo tanto placer?

Y aunque, metidos ya de lleno en la pesca de salón, nos asalte la impresión de que los aficionados exageran(mos) –cosa que no niego- me inclino a pensar que esto se debe más al prisma de felicidad a través del cual presencia la jornada el pescador, que al tamaño objetivo de sus capturas, que, en este caso, pasaría a un discreto segundo plano. En otras palabras: que el pez fuera más grande o más pequeño es lo de menos. Lo que cuenta es el placer enorme que sintió el aficionado cuando consiguió capturar a su presa. Si, además, la devolvió al agua sana y salva, menor que mejor: más felicidad.

La pesca en grupo.

Tampoco debemos olvidar que, aparte de los aficionados que prefieren ejercitarse solos y olvidarse del mundo por un rato –algo muy recomendable, sin duda- son legión aquellos que aprovechan su deporte favorito para disfrutarlo en compañía de terceros. Desde grupos de niños que se inician en la pesca como un juego, hasta jubilados que encuentran en su afición un estimulante ejercicio, un aliciente para no tirar la vida a la basura delante de un televisor o varados en la barra de un bar. Afortunadamente, aquí cabemos todos.

Entendida de este modo, la pesca refuerza su componente lúdico, incluso propicia una sana competitividad, un desafío constante pero grato, una fuente de superación en la que beberemos complacidos con la caña en la mano.

A veces, en la elección de ir acompañados también intervienen motivos de seguridad, que aconsejan la presencia de otros aficionados, máxime cuando batimos zonas complicadas –como son algunas de rompiente, por ejemplo- o que impliquen cierto riesgo. En ese caso, recuérdese siempre que la naturaleza puede mostrarse muy desabrida y cuando nos echa una mano, suele ser al cuello. Por eso, para evitar accidentes y no enturbiar con percances desagradables la satisfacción que produce una jornada de pesca, conviene contar con la compañía de otros aficionados.

Mas sabe el diablo…

Habida cuenta que en la pesca toda experiencia es poca y resulta una labor que nos exige un aprendizaje continuo, nuestro deporte se convierte a veces en un pretexto para enseñar o para dejarnos aleccionar, para comunicarnos en definitiva. Así, son muchos los que refuerzan sus vínculos familiares o, simplemente, de amistad, merced al intercambio de conocimientos y de experiencias compartidas. No es raro observar a padres e hijos, abuelos y nietos, amigos de edades muy dispares, participando juntos de una de las pocas actividades deportivas susceptibles de realizarse en común, por gente de tan distinta condición.

¿Cómo se empata el anzuelo? ¿Cómo se empalman dos líneas? ¿Y el nudo de sangre? ¿Qué has puesto de cebo? ¿Cómo lo has encarnado? Todas estas preguntas y muchas más resuenan en nuestros oídos. Las escuchamos una y otra vez y dibujamos una imperceptible sonrisa. Antes, mucho antes de haberlas escuchado por primera vez, habían salido de nuestros labios. Las mismas preguntas de siempre que una vez formulamos nosotros. Un volumen ingente de comunicación, un flujo constante de conocimientos que nos convierte en maestros y alumnos a un tiempo. Y sobre todo en compañeros, en amigos. En gente que se divierte junta, que charla, que lo pasa bien, siempre en un ambiente distendido y sano.

Por no mencionar los clubes que los aficionados integran, las improvisadas tertulias que surgen en cualquier lugar donde dos pescadores se reconocen, las amistades fraguadas a golpe de caña. Todos los que nos sentimos pescadores lo sabemos…