Grandes sargos a pulso

Por J.J. Ulrak. Fotografías y texto. ulrack@teleline.es

Los sargos, sobre todo si tienen una talla considerable (por encima de los 250 gr.), no son fáciles de engañar. Estos peces, a lo largo de su evolución, han desarrollado una serie de mecanismos defensivos que les llevan a escapar o a desconfiar de todo lo que consideran anormal.

Algo así como la voz de alarma, lo que les alerta del peligro y les fuerza a dejarlo todo y salir nadandodespendolados.

Pero esta actitud desconfiada se acentúa –quizás por la experiencia acumulada-, a medida que van creciendo. De ahí que, sólo en condiciones muy favorables, como son las que se dan cuando se presenta una gran agitación a nivel del fondo y la consiguiente mar gorda, se aventurarán a atacar nuestros cebos de día. Incluso si conseguimos engañarles, merced al agua turbia, al escaso grosor de las líneas que empleamos y a la perfecta presentación del cebo, picarán con recelo, apresando una puntita de la carnada (sin acero de por medio) y tirando de ella para liberarla del anzuelo. Picarán tímidamente, como si hubiesen descubierto que algo raro esconde el alimento que les ofrecemos.

Nosotros percibiremos su toque en la puntera de la caña o en la boya durante una fracción de segundo: rápidas oscilaciones, pulsaciones telegráficas que nos comunicarán que el pez come, sí, pero que no será fácil clavarlo.

El sargo, aunque su voracidad le haya llevado a probar el suculento bocado, nota la resistencia del hilo e intuye, tras esa anormalidad, la mano pescadora. Sólo si estamos muy atentos a la picada y somos consumados pescadores lograremos clavarlo. Así que la carnada nunca deberá pecar de excesiva y ha de estar en consonancia con el tamaño del anzuelo, si estamos pescando con flotador a media agua. Cualquier puntita de la comida libre de metal, será aprovechada por el sargo para hacerse con el cebo y llevarse el rancho gratis.

Por eso, cada vez que encuentro en un libro o revista de pesca un modelo de cebo que, una vez encarnado, sobresale por todos lados, no puedo evitar sonreír imaginando cómo un sargo lo burlaría, si lo encontrase columpiándose entre dos aguas.

Para vencer esta natural resistencia del animal a ser engañado, podemos utilizar una vieja técnica que funciona de maravilla con muchos peces difíciles de capturar, y que yo suelo emplear con los grandes sargos de noche.

El aparejo es el más sencillo que se pueda concebir: sólo una caña, un carrete y un hilo en perfecto estado de poco grosor, generalmente menos del 0.24. No utilizo plomo, ni boya, ni siquiera quitavueltas. Como mucho, si la situación lo requiere, bastará con un pequeño plomo tipo perdigón, siempre que lo situemos lejos del anzuelo. ¿Qué la línea coge algo de torsión? ¡Qué le vamos a hacer! Mejor eso que no pescar, o que pescar menos. En cualquier caso, conviene extremar las precauciones para que el pez no note nada raro, nada que le recuerde al pérfido humano que está siempre tras una caña de pescar. Veamos cómo lo hago.

La caña conviene que tenga algo de acción de punta para poder clavar con el primear golpe de muñeca y una longitud adecuada al lugar donde vayamos a pescar. La carnada será cualquiera de las habituales para el sargo: un cangrejillo, una quisquilla, un trozo de navaja, almeja, mejillón… Las dos primeras son mis favoritas con luz, y las demás, de noche.

Entonces nos colocamos al borde de la escollera con toda la cautela posible y mucho cuidado de que ninguna sombra que nos delate se refleje sobre la superficie, y agachados o en cuclillas, adelantamos la puntera de la caña y dejamos caer con sigilo el cebo.

No hace falta que nuestro cebo consiga mucho calado ni que quede alejado de las rocas de la orilla. Los sargos propenden a acercarse mucho a tierra y a comer cerca de la superficie, sobre todo de noche o cuando la turbiedad del agua les proporcionen seguridad –y ventaja para cazar a sus escurridizas presas- y, si no son molestados, los encontraremos con pocos centímetros de agua, pegados a la costa. Incluso en zonas con mucha presencia humana se valen de dichas condiciones (oscuridad, mar turbia y revuelta) para desplazarse hasta estos comederos, lindantes con la tierra, en los que encuentran sabrosos animalillos que habitan las franjas tildales.

Esta modalidad de pesca a pulso debe ser ejecutada, insisto, tomando todas las precauciones posibles para que el sargo no nos sienta. De lo contrario, es perder el tiempo.

Cuando advirtamos su rotunda picada, procederemos a clavar de inmediato y a sacar el pez del agua tan pronto nos sea posible, a fin de no espantar a sus compañeros, que, a buen seguro, se hallarán cerca. Hemos de tener siempre presente que los sargos son animales gregarios y forman bálamos numerosos. Un sargo clavado, que se debate furiosamente al otro extremo de la línea, sembrará el pánico entre sus compañeros, que desaparecerán de la zona en cuestión de segundos.

Además, manteniéndolo en el agua, nuestro pez buscará la defensa de las rocas, con lo que se hará fuerte en la primera hendidura que encuentre y romperá el aparejo.

Por tanto, lo mejor es sacarlo cuanto antes y tener el freno del carrete bien regulado para que no saque más hilo del estrictamente necesario.