Sargo breado: el gran desconocido

Texto y fotos: Javier García-Egocheaga- javier@granpesca.com-

El Sargo breado, también llamado real o imperial, es uno de los sargos más raros, más sabrosos… Y el que puede alcanzar mayor tamaño, algo así como el Primo de Zumosol de la familia.

Nos encontramos ante un pez “de lujo”: exquisito en la mesa y combativo como pocos en el anzuelo. Añadiría que, de todos los sargos, éste es mi favorito, aunque esto no quiera decir nada, pues ya se sabe que para gustos están hechos los colores. En todo caso, los que presenta este animal son verdaderamente característicos, con una librea que lo hace inconfundible. Vamos a conocerlo un poco mejor.

Este sargo, cuyas denominaciones científicas son Sargus cervinus, Sargus trifasciatus, Johinius trifasciatus, Diplodus trifasciatus, Charax cervinus…. recibe a su vez distintos nombres vulgares, entre los que encontramos: Sargo breado, bedao, vedao, barriao, monjón, sargo imperial, real, etcétera.

Su silueta es parecida a la del sargo común, con el cuerpo ovalado y comprimido, típico de la familia a la que pertenece.

Sin embargo, aparte de la librea –sobre un fondo dorado se disponen gruesas franjas transversales color chocolate- se diferencia claramente por la boca. Posee unos labios bastante carnosos y gordos, y su dentición es muy peculiar: grandes incisivos y, separados de estos, pequeñísimos molares.

Crece más que cualquier otro sargo, llegando a rebasar los 50 cm. de longitud, y puede vivir incluso a 300 m. de profundidad.

Sus aspectos reproductivos –como tantos otros en este pez- no han sido muy estudiados, pero casi todos los ictiólogos consultados, coinciden en señalar la época de freza entre los meses de enero y mayo. Lo cierto es que, durante el verano, resulta frecuente encontrar juveniles de esta especie, de unos 5 cm. de longitud, engrosando los desordenados bálamos que forman otros espáridos del genero diplodus, como son las mojarras y los sargos comunes.

Su distribución, si bien abarca toda nuestro litoral, es muy desigual, y sus poblaciones fluctúan de forma considerable en una misma zona sin que conozcamos con exactitud el porqué.

Hay autores que sugieren una progresiva expansión de la especie hacia aguas más septentrionales, extendiéndose hacia el norte por el Golfo de Vizcaya. No obstante, cada vez resulta más raro encontrar buenos ejemplares, ya sea en zonas mediterráneas, cantábricas o atlánticas. Además, parece ser sumamente vulnerable, a tenor de lo que se desprende del recuento de sus poblaciones en aguas protegidas, si las comparamos con las de los tramos más castigados de nuestras costas -donde el número de ejemplares disminuye drásticamente-.

Respecto a sus costumbres, nos hallamos frente a un pez muy tímido, quizás el más receloso de todos los sargos, lo que añade cierto encanto a su captura, un aliciente más que nos brinda su natural desconfianza.

Las particularidades en sus hábitos frente al resto de los sargos, se acentúan con la edad. Aunque los individuos jóvenes se comporten de forma parecida a los demás componentes de la familia diplodus y, de hecho, ya señalamos que se encuentran a menudo mezclados entre ellos, a medida que crece nuestro pez desaparece su espíritu gregario y comienza a separase en pequeños grupos que, más adelante, se dividirán a su vez en parejas o incluso en individuos solitarios.

A lo anterior, se une la tendencia de los sargos breados por ocupar zonas de mayor profundidad, donde se establecerán al llegar al estado adulto y pocas veces abandonarán ya.

Sólo cuando el sol desaparece en el horizonte o en condiciones de gran turbiedad de las aguas costeras, suben a cotas de menor profundidad, por lo que su pesca desde tierra suele efectuarse de noche o durante las últimas horas de las tardes estivales.

También el otoño constituye una magnífica estación para acosarlos, teniendo presente siempre que la falta de luz o la oscuridad del agua, serán los únicos factores que posibiliten que este pez se acerque a tierra lo suficiente para ponerse a tiro de nuestras cañas.

Por eso debemos buscar los canales que se desplazan por el fondo incrementado su profundidad, o las cortadas submarinas que dan paso a lechos que descienden en pendiente. Estos lugares “de subida” pueden resultar muy fructíferos para el aficionado que logre colocar ahí su aparejo.

El tipo de fondo que prefiere el sargo breado cambia según el tamaño o las aguas donde nos encontremos, pero lo ideal suele ser uno de tipo mixto, con tramos de arena, roca y fango. Nuestro pez siente una especial querencia por estos lechos “suaves”, ricos en invertebrados que constituyen en gran medida su alimento. El 90% de las veces que me lo encuentro debajo del agua –por lo general individuos inmaduros- lo hallo vagabundeando sobre un lecho de arena o de fango flanqueado por rocas y algas, y rara es la vez que me permite acercarme hasta tenerlo a tiro de fusil.

También frecuenta las proximidades de las desembocaduras de las rías, en especial tras unos días de lluvia que engordan el agua y transportan abundante materia orgánica, pero no se introduce en los cursos de agua dulce tanto como el sargo común o la dorada.

Hemos de saber que se trata de un pez de régimen casi bentónico, que en contadas ocasiones se desplaza hasta zonas superficiales, y raramente come entre dos aguas.

Nos encontramos ante una pesca de espera, en la que emplearemos grandes y fuertes cañas de lanzado, que llevarán nuestros cebos a zonas de cierta profundidad. El aparejo recomendado para este pez es uno de fondo, con un plomo corredizo que garantice la inmovilidad del mismo sobre el lecho marino y un bajo de línea no demasiado grueso, para no infundirle sospechas.

También las zonas de paredes rocosas y cortados sobre la mar son buenos lugares, siempre que haya bastante profundidad. En este caso podremos pescar a pulso o, si lo hacemos a corcho, dando mucho calado al aparejo.

Lo normal será pescar más sargos comunes y mojarras que sargos breados, pero al final, todo llega.

Nuestro pez puede alcanzar un peso considerable y la batalla que presenta es siempre feroz. Así que la caña debe estar en consonancia y, en general, todo el equipo preparado para aguantar sus embestidas.

En todo caso, dado que el número de individuos que patrullan una determinada zona no suele ser numeroso –salvo bálamos excepcionales- y que es, de por sí, un pez considerado en muchos lugares como “raro”, conviene emplear un aparejo polivalente, que nos posibilite también la captura otras especies.

Mi preferencia es la de utilizar bajos de una braza y de un grosor del 0.30. Empato un solo anzuelo para evitar enredos, de tamaño medio y pata corta.

Ya hemos dicho que su dentición es muy distinta a la de otros grandes espáridos, como la dorada, y presenta escasos molares, y, consecuentemente, mandíbulas menos poderosas que las de este otro espáridos especializado en moluscos y crustáceos acorazados, por lo que los anzuelos no tienen por que ser especialmente robustos.

Teniendo esto en cuenta, podemos adivinar su alimentación y, en buena lógica, el tipo de cebo más adecuado. Es omnívoro pero, al igual que el resto de los sargos, tirando a carnívoro. Su dentición sugiere un tipo de alimento no demasiado duro y sus gruesos labios indican sensibilidad y tacto preciso en la búsqueda de sus presas.

Pica muy bien a aparejos cebados con moluscos sin cáscara, pequeños cangrejos –enteros y vivos o troceados- y anélidos de todo tipo. El cangrejillo de arena o galera, suele ser una buena opción, sobre todo en fondos blandos. Asimismo, otro cebo que no suele fallar es el ermitaño, sobre todo los ermitaños gigantes del Mediterráneo, de los que no disponemos en el Cantábrico y que alcanzan un tamaño suficiente para cubrir un anzuelo de dimensiones considerables.

Como anécdota, solo me resta decir que los dos últimos sargos breados que he capturado picaron a gusano de coco o rojo, pero estoy casi convencido de que hubieran entrado igual de haberse topado con una coreana, tita, americana o de rosca, ocultando mi anzuelo.