Pescando grandes ejemplares

Texto y fotos: Javier García-Egocheaga -javier@granpesca.com-

Todos ansiamos esa gran captura que tan pocas veces se produce. Lo importante es estar preparados para que cuando pique, no se nos escape el pez de nuestros sueños.

Primero habría que definir a qué llamamos grande cuando hablamos de peces. Evidentemente, no será lo mismo hablar de grandes capturas si practicamos modalidades de pesca tales como la cacea de altura o curricán pesado, o nos decantamos más bien por la pesca de mini tallas con sedales inferiores al 0.18 y diminutos anzuelos.

En cualquier caso, para un aficionado que pesca con caña desde la costa –salvo raras excepciones- un pez que alcance un kilogramo de peso, será un pez grande.

Una vez puestos en contexto, añadiremos que, cuanto menor sea el grosor de nuestros sedales y la potencia de nuestros aperos de pesca, “mayor” nos resultará el tamaño de nuestras capturas y más disfrute nos proporcionarán.

Es decir, que si pescamos una lubina de un par de kilos caceando en alta mar con un aparejo para bonitos, nos resultará una presa insignificante, pero si esa misma lubina la capturamos con una caña poco potente, un sedal del 0.18 y un diminuto artificial haciéndolo volar sobre la espuma de las olas en la rompiente, cobrarla puede resultar tan emocionante y deportivo como pescar el más gigantesco marlín o el más monstruoso atún.

Dicho esto y recomendando encarecidamente al aficionado que utilice aparejos ligeros, nos centraremos en el tema. Muchos de nosotros, casi todos, tratamos de engañar a los peces mayores y esto es una buena estrategia de partida.

Un pez, para llegar a ser grande, ha debido superar muchas pruebas que la naturaleza y la mano del hombre –en perversa comunión- le han puesto en el camino. Por tanto, quien logre engañar a este pez podrá presumir de ser un buen pescador, lo que incluye –aparte de un poquito de suerte- experiencia, grandes conocimientos sobre la vida y costumbres de sus presas, y bastante tenacidad, todo ello muy elogiable.

Lo malo es que, en muchas ocasiones, cuando por fin pica el gigante al que llevamos tentando tanto tiempo con nuestro aparejo, consigue escaparse y nos deja con un palmo de narices.

Las razones más habituales son varias. En muchas ocasiones se producen roturas evitables. Esto suele estar motivado por que no hemos repasado el estado de los sedales y los nudos. El hilo debe estar siempre en perfecto estado operativo, sin raspaduras ni nudos (los nudos accidentales deben ser evitados como la peste) ni defectos. Para ello, lo mejor es, antes de pescar, pasar unos cuantos metros de sedal entre nuestros dedos para comprobar su estado, así como el de los bajos de línea, con lo que, de paso, evitaremos gran parte de la memoria que cogen los sedales.

Los nudos mal hechos son otra de las causas. Debemos comprobar que estén dados correctamente. Aunque todo lo anterior esté en orden (repetimos: sedales y nudos en buen estado), se puede producir una rotura si la presa excede a los límites de peso y fuerza fijados en el diseño del aparejo al que ha picado. Este es el momento en el que intervienen dos elementos fundamentales: la caña propiamente dicha y el carrete, en concreto, el freno.

Cuando trabajemos el pez la caña debe estar levantada formando un ángulo de más de 60º con la superficie. La caña es la prolongación de nuestro brazo, un brazo flexible que amortiguará las embestidas del pez. Hagamos que la caña también trabaje, que cumpla con su cometido, que canse al pez que se debate y que impida que sus violentas arrancadas desbaraten nuestro aparejo.

El carrete, por su parte, posee una pieza fundamental, el freno, que a demasiados pescadores parece no preocupar demasiado y éste es un error que se paga. El freno sirve para prevenir la rotura del hilo.

Si lo graduamos –según la resistencia del sedal- correctamente, antes de que el hilo rompa el freno cederá unos metros y el pez se cansará, gastará sus fuerzas tirando del hilo que a duras penas puede sacar. El zumbido del freno es una de las músicas preferidas del aficionado: no se abstenga de escucharla.

Por el contrario, abrir el carrete y dejar que salga hilo de la bobina libremente, constituye otro frecuente error que suele conducir a la pérdida de la pieza. Esto provoca embrollos en el sedal y la pérdida de la tensión del mismo, con lo que el anzuelo se aflojará en la boca del pez y lo perderemos en cuanto se dé la vuelta.

Otro factor a tener en cuenta es la forma que tiene cada pez de defenderse cuando se nota clavado. Aparte de que nos puede dar la sensación de que algunos venden su libertad más cara que otros (en realidad, esto depende de su fuerza y habilidades natatorias, pues ningún ser vivo renuncia a la vida salvo en casos límite), encontramos diversas maneras de proceder cuando notan el anzuelo en sus carnes.

Los que viven en cuevas y grietas tratarán de alcanzar la seguridad de su refugio –como el mero-. Los que habitan en aguas libres y más aún si son de régimen pelágico, se encaminarán con decisión hacia mar abierto –como los jureles, las agujas, caballas etc.- y los que progresan en las rompientes del litoral, tratarán de poner una piedra entre ellos y la caña, con lo que, en ocasiones, romperán el sedal –como la lubina, el sargo etc.-.

En consecuencia, si tenemos la seguridad de que el pez que estamos cobrando es un morador de las aguas abiertas, podremos aflojar el freno tanto como gustemos y dejar que saque muchas brazas de nuestro carrete. Sólo deberemos esperar hasta que deje de tirar para empezar a cobrarlo. En cambio, si presumimos que nos encontramos ante un pez de roca, -si es uno de los que vive en cuevas, tanto peor- tendremos que tratar de cobrarlo lo antes posible sin darle opción a que se haga fuerte entre las piedras y parta nuestro sedal.

Regular el freno adquiere aquí una importancia decisiva, pues deberá quedar graduado al límite justo de la rotura.

Con la caña, trataremos de guiar su trayectoria, impidiendo al pez que se introduzca en las zonas de rocas y corrientes, y buscaremos el lugar idóneo para vararlo o sacarlo a tierra.

Este es el otro momento crítico, sobre todo si no disponemos de una sacadera apropiada, o las condiciones físicas del lugar donde desarrollamos la pesca son demasiado infructuosas para sacar cómodamente la captura del agua. En cualquier caso, si no disponemos de una sacadera, o un grampín, nunca intentaremos sacarlo dejándolo colgado en el aire, aunque sea un segundo. Es la típica forma de perder un gran pez cuando ya estaba hecho lo más difícil.

Lo más recomendable para salvar la situación es “ahogarlo”, es decir, mantener la cabeza del agotado animal fuera del agua, hasta que su vejiga natatoria se llena de aire y comienza a flotar y a moverse con mucha dificultad. Entonces, sin prisa, recogemos unos metros más de sedal hasta que, levantando la caña con la izquierda, podamos poner al pez en banda y llevarlo hasta nuestra mano derecha, siempre con la cabeza de éste asomando fuera del agua y sin perder en ningún momento la tensión del sedal.

Después introduciremos los dedos con decisión debajo de las agallas y asiremos fuertemente. Espere un segundo hasta sus dedos se acostumbren y note que el pez está bien trabado. Cuando se sienta bien seguro de la firmeza de su sujeción, ¡arriba con él!