Un bonito relato: mi primera lubina

Texto y fotos: Javier García-Egocheaga javier@granpesca.com

 La primera vez que observas una lubina de cerca, con detalle, se te queda grabado para siempre su estilizado porte, su robusta cabeza, las mandíbulas cortadas en violentos ángulos, la bocaza predadora, el brillo acerado de su piel…

Así se me presentó la primera lubina que pude contemplar, ya vencida, en el muelle de D. Luis, al lado de mi casa.

Estaba insidiando a los panchitos y chicharrillos con una caña –mi caña querida de la infancia, que no alcanzo a recordar qué fue de ella- de color champán y mango de corcho. Comenzaba a anochecer y, aunque estábamos en pleno verano, las muchas horas sentado en el muelle –solía empezar a pescar después de comer y no terminaba hasta que se hacía de noche, calculando ya la bronca materna por haber llegado tarde a la cena- habían entumecido mis pantorrillas, que los pantalones cortos dejaban a la intemperie.

Entonces llegó a mis oídos la noticia. Alguien lo anunciaba a voces: habían sacado una gran lubina en la punta del muelle. Dejé en el suelo mi caña achampañada, me incorporé de un brinco y corrí el centenar de metros que me separaban de la punta. Acababan de encender las farolas y el impresionante pez brillaba a la luz pálida de aquellas lunas artificiales.

El lugar estaba muy concurrido, todos querían observar de cerca el trofeo, por lo que tuve que abrirme paso a empellones entre las piernas de los “mayores”, que hacían corro alrededor del soberbio animal. Lo toqué y lo hubiera continuado haciendo si no es porque alguien me lo impidió de malas maneras.

El pez, vencido sobre el asfalto del muelle, boqueaba y miraba con ojos vacíos –sin comprender su capacidad de convocatoria- al numeroso público que había se congregado en torno a ella.

Retuve algunas frases captadas al azar: “Le ha puesto un chicharro vivo como cebo”. “Sí, la había visto ya y ha encarnado con un chicharro que acababa de pescar. Con eso la ha cogido.”

Deduje entonces que las lubinas se pescaban cebando con otros peces, a poder ser vivos, y así fue como conseguí capturar mis primeros ejemplares, aunque para entonces ya supiera que se podían pescar de muchas más formas.

No me interesó saber quién la había pescado. En realidad, era el pez lo único que reclamaba mi atención. Me pareció inmenso, casi inabarcable con mis manos infantiles; sin duda, una captura que desbordaba todas mis expectativas de aquellos tiempos.

Al día siguiente me levanté todavía soñando con la lubina y quizás, desde entonces, comencé a mitificar a ese pez que, sólo al cabo de muchos años de intentonas infructuosas, conseguí capturar. Por cierto, y ahora que caigo: fue en el mismo sitio y de idéntica forma a como lo hiciera aquel pescador de mi niñez.

Se me había pasado por alto, pero la primera -y mágica- vez que conseguí engañar una lubina, estaba pescando chicharrillos en la punta del muelle de D. Luis.

La mañana se presentaba lluviosa, con un cielo plomizo que auguraba un inminente chaparrón. Se había instalado un bálamo de chicharros en la bahía de Castro. Eran peces de pequeño tamaño que se juntaban en sus idas y venidas con el banco de panchitos que, por esas mismas fechas, había buscado también las tranquilas aguas del puerto. Era lo habitual durante el mes de agosto.

Hasta los años ochenta se juntaban en la bahía castreña miles de panchitos y chicharrillos. Y a su compañía acudían bogas, pispirutos, agucíos y otros muchos peces de escasa talla, para hacer las delicias de los pescadores de caña, sobre todo de los más jóvenes, que podían capturarlos a docenas con sencillos aparejos a boya y casi cualquier carnada.

Pero esta reunión anual de peces-presa atraía a los grandes predadores costeros. Los calamares se movían como diminutos “cazas” a reacción sembrando el pánico en los bálamos; las sepias, amparadas por su sofisticado sistema de camuflaje, se acercaban, pegadas a la pared del muelle, sigilosas hasta situarse al lado de sus víctimas; y, como siempre, lubinas de distintos tamaños peinaban todos los rincones de la bahía y llenaban sus estómagos con los pececillos más débiles o más incautos. Con aquellos que nadaban lisiados, con los que, perdido su bálamo, se movían indecisos entre peces de otras especies, con algunos desgraciados a los que la mar se les hacía pequeña cuando el implacable predador se lanzaba a por ellos…

Entonces, el pescador de caña que observaba cómo una nube de pececillos devoraba su carnada a menos de dos brazas de la superficie, podía contemplar las evoluciones de los predadores y cómo, durante unos minutos, desaparecían los peces-presa y una lubina o un calamar rondaba ahora cerca de su anzuelo.

Tan pronto desaparecía el peligro, volvían a acudir en masa chicharrillos y panchitos a dar buena cuenta de la carnada y se reanudaba la febril actividad en el pesquil. En el ínterin, el pescador, un tanto frustrado -pues esa lubina que merodeaba bajo su caña no se interesaba para nada por la carnada que le ofrecía- esperaba a que se alejase el predador para proseguir capturando sabrosos mini tallas.

Aquel día de agosto, cada vez más oscuro por las nubes que traía el viento húmedo del oeste, me hallaba empeñado en atrapar una lubina, y no los panchitos y chicharrillos habituales.

Pero estas lubinas, acostumbradas a rondar por la bahía y conocedoras del ser humano y sus mañas para capturarlas, resultaban las más desconfiadas. Y aunque su audacia para dejarse ver por los ojos ansiosos de los aficionados sentados por docenas a lo largo del muelle, podía presagiar mayores dosis de confianza a la hora de atacar un cebo que éstos le presentasen, el efecto era el contrario. Dejarse ver, mucho. Casi tocar. Pero de ahí a dejarse capturar en una de las líneas que abarrotaban la bahía, mediaba un trecho que nos parecía imposible de recorrer.

Había encarnado un anzuelo con un panchito vivo y lo tenía nadando a trompicones, colgado de una caña desde hacía más de una hora. Mientras, continuaba pescando a sus congéneres con otra, y cuando la lubina se acercaba y cargaba contra ellos, dispersándolos de inmediato con una eficacia que para sí quisieran los antidisturbios, mi panchito preso, incapaz de poner agua por medio, parecía especialmente nervioso. Trataba de escapar inútilmente, se debatía, y yo notaba su desesperación en la puntera de la caña cuando la lubina se acercaba. El corazón se me ponía a mil por hora, el predador hacía un amago de ataque y ya tenía la caña en la mano, preparada para dar un tirón tan pronto viese el pececillo desaparecer en la profundidad de su boca feroz.

Sin embargo, nunca ocurría. El lobo feroz no era tan feroz después de todo, pensaba frustrado. Y el cuento no terminaba como yo deseaba. Así una y otra vez. Era para desquiciar al más templado.

Los nubarrones, cada vez más negros e inquietantes, no amagaban como las lubinas, sino que cumplieron su amenaza en forma de violenta tormenta, que nos hizo salir corriendo a refugiarnos bajo un insuficiente alero al socaire del faro.

Contemplaba desde allí mis dos cañas tiradas en el suelo y empapadas por el chaparrón.

Ya no quedaba nadie pescando. La mayoría había recogido precipitadamente y se había marchado. Los más obstinados aguardábamos a que pasase la tormenta arrimándonos al escaso socaire que ofrecía aquel improvisado refugio. No paraba de llover y me sentía cada vez más mojado. Estaba decidido a irme si la situación se prolongaba unos minutos más. Mientras, pensaba en que tendría que secar y engrasar los carretes en cuanto llegase a casa.

De repente, una de las cañas que había abandonado bajo la lluvia se movió con unas fuertes sacudidas. Era en la que tenía un panchito vivo al final de la línea y supuse lo que estaba ocurriendo.

“¡Por fin!” –me dije- mientras corría a sostenerla antes de que acabase haciendo esquí acuático por la bahía. En ese momento, sí que me daba lo mismo que lloviese o que cayesen chuzos de punta.

Levanté la caña y pregunté. Sentí al pez, que no era muy grande, pero que defendía su libertad como un bravo. Supe que no sería una captura espectacular, que, probablemente, no llegaría a pesar un kilo, pero también estaba seguro de que sería una lubina: una de esas lubinas terciaditas y bien hechas que se cebaban con los pececillos que inútilmente habían buscado refugio en la bahía.

Si, al recoger hilo y sacar del agua a mi presa, se hubiese tratado de otro pez, confieso que me habría sentido decepcionado. Tenía que ser por fuerza una lubina, quizás una lubineta, pero, en cualquier caso un representante de esta especie.

Mi alegría fue inmensa cuando la puse en tierra. Por supuesto, se trataba de una lubina: de la primera que atrapaba con caña.