Julias o doncellas desde tierra

Texto y fotos: J.J. Ulrack

 

La julia suele ser pescada en embarcación, a escasa distancia de la costa. Pero aunque sea muy habitual esta pesca embarcada, no lo es menos la que realizamos desde tierra.

La julia suele ser pescada en embarcación, a escasa distancia de la costa. Hay una modalidad clásica para los botes del Cantábrico que se denomina precisamente así: salir a julias y cabras. Por supuesto, las cabras o cabrillas a las que nos referimos, son esos pequeños serránidos que comparten, además de nicho ecológico, algunos patrones tanto morfológicos como de conducta con los lábridos.

Pero aunque sea muy habitual esta pesca embarcada, no lo es menos la que realizamos desde tierra, sobre todo en lugares que cumplan un requisito fundamental: fondo rocoso.

Únicamente necesitamos que el lecho marino sea lo suficientemente escarpado y que ofrezca los cobijos necesarios, para que esta especie esté presente. A partir de ahí, todo es sencillo.

La julia es un pez muy voraz, e incluso desaprensivo. Pica sin pensárselo dos veces, como buena oportunista a todo lo que considere comida. Este modelo de conducta, de extrema voracidad y falta absoluta de prudencia a la hora de tomar la carnada, es muy común entre las especies de escaso tamaño con las que comparte la escollera. De alguna manera son conscientes de sus reducidas dimensiones, de que cualquier otro pez de mayor envergadura puede hallarse al acecho y arrebatarles el alimento, lo cual ocurre con frecuencia.

Debemos considerar que las aguas que pueblan las julias y casi todos los lábridos, constituyen fecundos ecosistemas de aguas poco profundas y bien iluminadas, donde existe una gran concentración de alimento y de peces. Además, este tipo de especies bentónicas o nectobentónicas como la julia, no son rápidos nadadores, ni tienen dentaduras y mandíbulas que impresionen a nadie, por lo que cualquier sargo, cualquier lubineta, una simple mojarra que merodee por las inmediaciones, dará al traste con el festín que se le anunciaba.

De ahí, que góbidos, blénidos y lábridos, se encuentren entre las familias más oportunistas e irreflexivas frente al alimento.

Esta característica hace de la julia un pez sumamentedivertido para la pesca deportiva de minitallas y un recurso siempre a nuestro alcance, sobre todo en las condiciones medioambientales menos afortunadas para otros tipos de pesca costera. Me refiero a esos días estivales, en plenas vacaciones veraniegas, con todo el tiempo del mundo y todo a favor para pasar las horas centrales del día con una caña asomando a la mar. En ese entorno plácido en el que da gusto salir a pescar, tocados con un sombrero de paja y ligando bronce en una cala solitaria y silenciosa. Precisamente esos días de cielo azul y aguas claras en los que no pican ni los ojos de tanto mirar a la superficie.

En los que no se mueve ni esa solitaria nubecilla ni se adivina una ola en los confines del horizonte. Pues bien, esos días en los que la naturaleza invita a deleitarnos al borde del agua con una caña en la mano, pero sabemos que lo que pesquemos nos lo podemos comer crudo, tenemos un aliado en el fondo dispuesto a cebarse con nuestra carnada.

Un montón de julias multicolores revolotean como pajarillos por la escollera en busca de ese bocado que podemos ofrecerles. Así pues, dejamos de lado los pesados equipos de surf casting, aparcamos la caña de spinning y su caja repleta de artificiales y echamos mano a esa olvidada cañita de fibra de vidrio con la que aprendimos a pescar de niños.

Compramos una caja de coreanas baratitas (con una vale, que aquí se puede trocear la carnada), buscamos unos anzuelos pequeños y finitos, mejor de pata larga, y renunciamos al bocadillo, que otras pescas nos facilitarían degustar.

Si vamos a julias nos será prácticamente imposible hacer otra cosa que echar, clavar, pescar, desanzuelar, cambiar carnada… En fin, un poco estresante pero muy divertido.

Sobre todo si empleamos un aparejo con varios anzuelos, presentados entre media y una braza del fondo, y los cebamos con gusana. La mejor, a mi gusto, la coreana, pero también la de serrín y la blanca de agua pueden ser excelentes.

Debemos renunciar a las gusanas blandas o excesivamente grandes y gruesas, pues la julia posee una de las bocas más precisas que encontramos (recuérdese a su primo tropical, conocido como “labro limpiador”) y le será fácil encontrar un punto de la carnada del que tirar para llevarse el cebo sin pasar por la taquilla del anzuelo.

Con una boca minúscula y precisa como una pinza de depilar, la colocación del cebo y el tamaño del anzuelo son definitivos. La julia no es un salmonete, que necesita una gusana entera para desencadenar su ataque. Le basta una pequeña porción, lo justo para cubrir el anzuelo, que nunca excederá del 0.10. Todo lo que quede fuera, sobra. Y como se suele decir, “lo que sobra, estorba”, pues nuestro pez se valdrá de esta circunstancia para desprenderlo del anzuelo.

Respecto al resto del equipo, ya dijimos que es suficiente con esa vieja caña de fibra polivalente que, como vale para todo, ya no empleamos para nada y mantenemos arrumbada en el fondo del armario. Pero cuidado. Una cosa es que valga y otra muy distinta que sea lo mejor. Me explico. A menudo, ese tipo de cañas son muy sensibles -lo cual es necesario- pero muy lentas, lo cual es un serio inconveniente si pretendemos devolver vivas nuestras capturas.

La julia, al igual que el resto de los lábridos, traga sin contemplaciones, por lo que, en cuanto se produce la picada, debemos propinar un cachete seco y tratar de clavar en sus gruesos labios. De otra forma, el anzuelo se alojará casi en sus vísceras y montaremos una carnicería a la hora de desanzuelarla. Por eso, lo mejor, y lo más divertido, pese a que podamos perder unos cuantos ejemplares -que en este caso tampoco tiene mucha importancia- es tratar de clavar al primer toque, cosa mucho más sencilla con una caña de acción de punta, que con una parabólica. De esta forma, la mayoría de los peces que capturemos vendrán clavados por la boca y podremos devolverlos al agua en perfecto estado de revista.

Por último, la potencia de la caña, si pescamos a corcho, es suficiente con una del orden de 10-40 y si lo hacemos a fondo, dependerá del plomo que vayamos a lanzar, que debería ser el mínimo posible.