Los lábridos: una familia típicamente veraniega de nuestras costas. Primera parte.

Texto y fotos: Javier García-Egocheaga javier@granpesca.com

Antes de comenzar, conviene señalar que los lábridos más comunes de nuestras costas son: el durdo, pinto o maragota; el serrano, tordo o bodión; la julia o doncella; el gallano -o gayano-, o gallito real; y el tabernero o picón.

Los lábridos son peces de fondo, pero que no viven pegados a él, como sería el caso de los peces planos, por ejemplo. Estos últimos se encuadrarían en lo que llamamos “bentónicos” propiamente. Es decir, que habitan en los lechos marinos sin separarse de allí, frecuentemente posados sobre el mismo, y cuando se desplazan o se alimentan, lo hacen también a ras de fondo.

Pensemos en un lenguado o en un pez araña, representantes ambos de peces bentónicos. Se mantienen durante largos periodos inmóviles, a la espera de que una de sus presas se ponga a tiro; o se desplazan a escasos centímetros del fondo para posarse de nuevo en otro lugar. Su cuerpo está adaptado a la vida bentónica, así como sus sentidos. Generalmente, pasan más tiempo inmóviles que nadando y se alimentan tanto de día como de noche. Además, este tipo de peces suele poseer eficaces dispositivos de camuflaje, para resultar invisibles mientras permanecen quietos.

El caso de los lábridos es diferente y es lo que se conoce como nectobentónicos ramoneadores. En otras palabras: son los que permanecen cerca del fondo o de una pared rocosa del litoral, pero nadando a cierta distancia. Obtienen su alimento “picoteando” entre las algas o en la superficie de las rocas y raramente se hallan en fondos desnudos de arena o grava.

Su cuerpo está adaptado a nadar constantemente, aunque sin recorrer apenas unos metros. Es decir, algo así como si revoloteasen, pudiendo mantenerse suspendidos a media agua y alimentarse o desplazarse en las más inverosímiles posiciones, lo que incluye con la cabeza hacia abajo, hacia arriba, efectuando quiebros y giros en cualquier ángulo, etcétera.

Otro aspecto interesante es que, al revés que los grandes nadadores, que emplean para desplazarse básicamente la aleta caudal, los lábridos suelen hacerlo con las pectorales.

O sea, muchas veces se desplazan con la aleta caudal recta, sin moverla apenas, impulsados sólo con estas aletas pectorales que, los peces que viven en aguas libres utilizan sobre todo como timón o como una especie de estabilizadores, de modo análogo al rabo de muchos mamíferos que equilibra su carrera o su salto.

Por tanto, los lábridos son incapaces de nadar a grandes velocidades o de recorrer largas distancias. Para encontrar un ejemplo válido, tendríamos que ir directamente a buscarlo en los animales que se desplazan en otro medio semejante al agua: el aire. Aquí encontramos aves, como águilas, buitres o albatros, que serían el equivalente a los grandes pelágicos que surcan los océanos. Recorren largas distancias sin esfuerzo aparente, y están adaptados a la vida errante en la inmensidad de sus respectivos medios.

No obstante, imaginemos que un buitre tuviese que efectuar una maniobra muy rápida y precisa en un espacio pequeño, como podría hacerlo un gorrión o una paloma. Evidentemente, le resultaría complicado, si no imposible.

Pues bien: los lábridos, se mueven en el agua, no ya como gorriones o palomas, sino más bien como colibríes, como máquinas de maniobrabilidad perfecta que pueden desenvolverse en un mundo lleno de obstáculos, de barreras, de corrientes, de algas… En fin, todo aquello que encontramos en los fondos litorales de los mares subtropicales o tropicales donde viven.

Al contrario que un pelágico, como pudiera ser un bonito o una sardina, son incapaces de valerse en aguas libres. De hecho, si capturamos unos lábridos y los mantenemos vivos en un tanque de agua, podremos realizar un sencillo experimento que revela lo anterior.

Subimos el tanque a bordo de una embarcación y ponemos proa a mar abierto. Cuando tengamos unas decenas de brazas de profundidad bajo nuestra quilla, soltamos a los pececillos en la superficie.

Algunos probarán a sumergirse o tratarán de escapar tan pronto como se sientan libres de nuevo. Pero, a los pocos minutos, muchos de ellos estarán merodeando alrededor del casco de nuestra nave, incapaces de encontrar el fondo y totalmente desvalidos en mitad de la mar. Tratan, por tanto, de encontrar un objeto que les brinde protección frente a las aguas libres, en las que no pueden sobrevivir.

Los grandes espacios marinos son absolutamente hostiles para los lábridos. Ninguna especie de esta amplia familia es capaz de vivir en este medio.

Tampoco los encontraremos en los fondos desnudos. Los lechos de grava o de arena están reservados para otras especies que, o bien pueden camuflarse o enterrarse, o son buenos nadadores.

Un lábrido, con sus vistosos colores y sus escasas dotes para alcanzar velocidades respetables, sería una presa demasiado fácil para cualquier depredador.

Por eso prefieren los fondos rocosos, a ser posible tapizados de algas, y que cuenten con muchos lugares donde esconderse y por los que merodear. De hecho, muchos lábridos tropicales están adaptados a los arrecifes coralinos, lo cual no es de extrañar a tenor de su morfología y de sus hábitos.

Los lábridos son carnívoros, pero eso no los convierte en depredadores, al menos, no en predadores “típicos”, como podría ser una lubina o una anjova. La alimentación de los lábridos está compuesta básicamente por pequeños invertebrados, entre los que destacan anélidos marinos, crustáceos de escaso porte y algún molusco ocasionalmente si lo encuentran abierto.

Su boca, de reducidas dimensiones, está especializada en este tipo de alimentación.

 Las mandíbulas no son muy fuertes, pero van armadas con unos afilados dientes aptos para ramonear en la superficie de las rocas, justo donde se encuentran sus presas naturales.

Sus labios, muy prominentes y carnosos, son quizás lo más característico de su boca. Y, por supuesto, cumplen su correspondiente función: bien irrigados y sensibles, ejercen de apoyo táctil para detectar a los animalillos de los que se alimentan pegados a la roca. Para el pescador de caña son una bendición, pues el anzuelo clava firmemente en este grueso apéndice, con lo que se evita perder la pieza.

La cabeza es pequeña, en consonancia con la boca, cuya apertura alcanza un ángulo de unos 45º, muy lejos de lo que se esperaría en otra especie carnívora de alimentación ictívora. Así pues, si comparamos algunos peces que viven en entornos similares y de tamaño también parecido, como podrían ser un gallano o una julia (lábridos) y una cabrilla (serránido), pronto evidenciaremos está diferencia. Con sólo observar su boca distinguiremos sus diferentes adaptaciones, en cuanto a régimen alimenticio se refiere.

Eso no impide para que, habitualmente, pesquemos en el mismo lugar, con la misma carnada y los mismos aparejos estos tres peces. No obstante, la cabrilla posee anchas mandíbulas, con una boca enorme si la comparamos con la de un lábrido y pequeños dientes, que sirven únicamente para retener a su pieza. En el caso del gallano o de la julia, los dientes son curvos, más fuertes, grandes y afilados, idóneos para “rascar” en la roca y desprender a los animalillos allí asidos. Tampoco necesitan una gran boca o unas anchas mandíbulas, pues nunca ingieren otros peces a los que deban capturar.

Por tanto, la cabrilla, como buen serránido que es, está diseñada para capturar pequeños peces y otros animalillos de un bocado, con lo que una boca pequeña le haría fallar en muchas ocasiones. Pero, como vemos, no es el caso de los lábridos.

Ahora ya sabemos un poco más sobre esta familia tan típica en nuestras costas. En próximos reportajes detallaremos los aparejos y las técnicas más eficaces para su captura.